GUSANOS DE LA FRONTERA - Rellenando agujeros en el Weird Western - Robert E. Howard, Bone Tomahawk, The Burrowers y el Mito de la Frontera (3ª Parte) | Jesús Palacios


Aviso: Este ensayo contiene spoilers.

-TERCERA PARTE (1)-


Imagen y sonido

IV
Entre caníbales y vaqueros





Bone Tomahawk, la primera y mejor película de su relativamente joven y talentudo realizador, es el producto de un auténtico fan del cine y la literatura de género. Da lo mismo si S. Craig Zahler ha leído o no “The Valley of the Lost” en concreto, todas o ninguna de las historias de Robert E. Howard en la Frontera americana, la Edad Hyboria, las tierras pictas o el Lejano Oriente: este batería y compositor de Black Metal, autor de novelas del Oeste y thrillers, amén de guionista, productor y director, ha hervido a fuego lento en las cocinas del infierno del cine clásico y de Serie B, la pulp fiction, el cómic y el fandomSus dos primeras novelas, los wésterns A Congregation of Jackals (2010), nominada a varios premios por la Western Writers of America y la Western Fictioneers, y Wraths of the Broken Lands (2013), publicada en castellano como Espectros de una tierra trizada (Tres puntos, 2018), mezclaban ya elementos de serie negra violenta la primera y de aventura sangrienta y horror la segunda, un poco en la vena del Jack Ketchum de The Crossings (2003), conocida en nuestro país como Al otro lado del río (El Andén, 2008).


Este tipo de mezcolanza caracteriza también Bone Tomahawk, que explora inesperadamente para el panorama cinematográfico de los 2000 los senderos del Weird Western más violento y sin excusas, dejando de lado la mayoría de manierismos indie y recuperando, de hecho, elementos característicos del cine del Oeste clásico, por un lado, y crepuscular, por el otro, para conducirlos en una deriva brutal hacia la tradición del género caníbal italiano de los 70 y 80, el survival y el torture porn. Una combinación sin duda bastante novedosa pero en la que resuenan también los ecos de los últimos disparos de Robert Aldrich (La venganza de Ulzana Ulzana´s Raid (1972), el mejor y más visceral wéstern sobre las guerras indias jamás rodado) y Robert Mulligan (La noche de los gigantes The Stalking Moon (1968), según la novela de T. V. Olsen), solo que aquí, para sorpresa del espectador poco avisado y evitando así de paso connotaciones raciales que pudieran ser malinterpretadas en nuestra hipersensible era de humillados y ofendidos, los nativos hostiles son una imaginaria tribu troglodita y antropófaga, que habita el interior de una serie de cavernas perdidas en la región conocida por los propios indios como “El Valle de los Hombres Hambrientos”. Un menú muy, pero que muy apetitoso, que nos devuelve al ámbito fantástico de la Frontera Hueca, con sus habitantes prehistóricos y poco o nada predispuestos hacia la raza humana, salvo como reserva de carne para la fresquera.


Como muchas de las mejores y de las peores películas de género posmodernas e hipermodernas, basadas en un mestizaje desprejuiciado de estilos, referencias y procedencias diversas y hasta aparentemente disímiles, Bone Tomahawk puede describirse casi con una fórmula matemático-cinematográfica simple: el leitmotiv de Centauros del desierto + los personajes de Río Bravo + el tono de Sin perdón + Holocausto caníbal o, para más exactitud, + La montaña del dios caníbal = Bone Tomahawk. Naturalmente, es innegable que hacen falta talento y talante para que todo esto funcione como es debido, y S. Craig Zahler lo derrocha durante la mayor parte del dilatado metraje de su opera prima, precisamente y pese a lo que pueda parecer, gracias a esa misma dilatación en el tempo narrativo, que le presta su ritmo especial y espectral a la película. Porque gracias a su relativa carencia de medios y ajustado presupuesto, Bone Tomahawk elige un estilo naturalista, casi minimalista, explotando una iluminación hiperrealista y una dirección de actores equilibrada y comedida en todo salvo en los diálogos (quizá demasiado inteligentes e ingeniosos siempre), para introducir al espectador en la atmósfera y el ritmo de la vida en la Frontera, tan distinto del nuestro, de urbanitas del siglo XXI.


Todo el mundo se toma su tiempo en la pequeña ciudad de Bright Hope, más todavía cuando los vaqueros han partido ya con el ganado, dejando el lugar sumido en una molicie casi absoluta. Según el propio Zahler, quería hacer sentir al espectador el ritmo de un tiempo en el que el tiempo era otra cosa. La gente no corría de un lado a otro, dominada por teléfonos móviles, horarios de trabajo interminables y compromisos constantes de uno u otro tipo. Se vivía siguiendo el horario del sol y de la noche, a la luz de las lámparas de gas, esperando el café o la sopa mientras se calentaban lentamente en el hornillo, dejando pasar las horas en la penumbra de un salón con un vaso de licor, leyendo y releyendo el mismo periódico de ayer... o de la semana pasada.



Por eso, en esta ciudad donde lo único que pasa es que nunca pasa nada, resulta más sobrecogedor el repentino ataque nocturno de una partida de nativos sanguinarios, que además de asesinar a un pobre chico de los establos, secuestran a un ayudante del sheriff, Nick (Evan Jonigkeit), a una joven enfermera ocasional, Samantha (Lili Simmons), esposa de un vaquero cuya pierna rota le ha impedido unirse al traslado del ganado, y al detenido al que estaba curando de un disparo, Purvis (David Arquette), detonante del drama por haber violado, junto a su compadre Buddy (Sid Haigh), un misterioso cementerio indio.


Hacia la época en la que se desarrolla la acción, por vestuario y arquitectura se diría que entre finales de la década de 1880 y mediados de la siguiente (no se nos dan datos concretos en el filme), muy posiblemente en el territorio del Suroeste (Nuevo Méjico, Arizona o el Suroeste de Texas, lo que se adivina tanto por la aparición de algunos personajes mejicanos como por el casi desértico paisaje circundante), las grandes Guerras Indias hacía tiempo que habían tocado a su fin, con la práctica rendición de todos los nativos americanos a lo largo del país, exterminados, asimilados o recluidos en las famosas e infames Reservas a ellos destinadas. Quizá el último de los grandes jefes en rendirse fuera el apache chiricahua Gerónimo, capturado junto a sus fieles guerreros, algo más de una veintena, y el resto de su pueblo en 1886.

 Gerónimo con un grupo de guerreros chiricauas, fotografiado probablemente por C. S. Fly en Tombstone (Arizona) en 1886

No obstante, no eran imposibles los ataques de reducidos grupos de rebeldes, fugados ocasionalmente de las Reservas, procedentes a veces del otro lado de la Frontera con Méjico, compuestos por elementos incontrolados. Las Guerras Apaches no se dieron concluidas totalmente hasta 1924, y siguieron surgiendo conflictos armados entre los belicosos ute y los mormones hasta un año antes, en 1923. En 1918, finalizando apenas la Primera Guerra Mundial, el ejército estadounidense capturó a una banda de rebeldes yaqui en Arizona, pero en términos generales se trataba más bien de escaramuzas, saldadas a menudo con pocas bajas por ambas partes y muy distanciadas en el tiempo. Claro que los indios que han atacado la pacífica Bright Hope no son como los demás, ni siquiera como los sanguinarios apaches o los crueles comanches.

Cuando el “Profesor” del pueblo, curiosamente un nativo americano asimilado (interpretado por Zahn McClarnon), examina la flecha de piedra que ha quedado como prueba del ataque, informa al Sheriff Hunt (Kurt Russell) y al resto de fuerzas más o menos vivas del lugar de que los atacantes son una tribu de trogloditas que viven al interior del territorio, en una zona conocida por los propios indios, quienes la evitan como la peste, como “El Valle de los Hombres Hambrientos”. Brutales e implacables, estos hombres de las cavernas desconocen las armas de fuego, practican el canibalismo sólo han dejado atrás el cadáver del chico de las cuadras porque, como explica el Profesor, “no comen negros” y viven en sus cuevas como degenerados supervivientes de otras eras, entregados a la endogamia, manteniendo a sus mujeres ciegas como ganado para la procreación. Sus armas son de piedra y huesos el tomahawk del título e ignoran la piedad para con el resto de seres humanos, blancos o indios, a quienes no consideran de su misma especie.


Pronto se forma una pequeña posse para intentar el rescate de los secuestrados, integrada por el propio Sheriff, su viejo ayudante Chicory (Richard Jenkins), el vaquero lisiado y locamente enamorado de su secuestrada esposa, Arthur (Patrick Wilson), y un elegante veterano de las guerras indias, que no conoce la piedad para con ningún nativo, Brooder (Matthew Fox). El reducido grupo deberá cabalgar hasta las agrestes colinas huecas donde se esconden los siniestros trogloditas, intentando hacer un recorrido de cinco días en sólo tres, y con el problema añadido de la pierna rota y mal curada de Arthur, que se convertirá en un martirio cada vez mayor para el vaquero, desesperado por salvar a su esposa de manos de los trogloditas.


La travesía por la llanura de Bone Tomahawk, con su lento avance y bruscos encuentros nocturnos con bandidos casi invisibles, sin recurrir a efectos dramáticos ni a movimientos de cámara o cortes de montaje frenéticos, sino todo lo contrario, consigue sumergir al espectador en su desesperante ordalía, sufriendo con el grupo de rescatadores la sequedad y monotonía del paisaje, la inevitable lentitud de su progreso, especialmente tras la pérdida de sus monturas, y el martirio del joven cowboy cuya pierna amenaza infectarse o gangrenarse, obligándoles a elegir entre una amputación improvisada o dejarle atrás en el camino. En las antípodas narrativas de una película tan sobrevalorada e irregular como El renacido (The Revenant, 2015) de Iñarritu, el filme de Zahler transmite infinitamente mejor que aquel las dimensiones geográficas de su aventura, las dificultades y contingencias de una dura travesía en la Frontera, sin echar mano de efectismos millonarios ni subrayados visuales gratuitos. Por supuesto, donde la película tiene su punto fuerte quizá en exceso es en los diálogos y el carácter de sus protagonistas, cincelados con inteligente cinefagia sobre modelos arquetípicos del género.


El Sheriff Hunt es un veterano hombre tranquilo, felizmente casado, que no suele disparar a matar, de pocas palabras y recto sentido de la responsabilidad, una figura ligeramente crepuscular pero sin excesos, que bien podría ser la de un penúltimo John Wayne o Clint Eastwood, perfectamente encarnada por un también ya veterano Kurt Russell; Arthur, el joven vaquero, es la imagen misma de la nobleza de la Frontera, su bonhomía, amor entregado por su mujer, naturaleza amable e ingenua, dignas de El Virginiano, sólo son puestas a prueba, precisamente, por el miedo a perder a su amada o por lo que pueda estar sucediéndole a manos de sus captores; Chicory es el contrapunto cómico a la par que sentimental y entrañable del Sheriff, ayudante anciano y viudo enamorado también eternamente de su difunta esposa, pero lleno de amor y respeto por su jefe, así como de incontenible verborrea anecdótica, nuevo avatar del Stumpy interpretado por Walter Brennan en Río Bravo (Howard Hawks, 1959). Finalmente, Matthew Fox, de blanco impoluto y bigote digno de Errol Flynn, borda el papel de dandi de la Frontera, cuyo odio hacia los indios no carece de motivo (su familia entera fue masacrada por estos), y cuyo savoir faire fronterizo roza el racismo sin por ello despertar nuestra antipatía gracias a sus buenas dosis de encanto e incluso de heroísmo. Este grupo, que no desentonaría en un clásico de Howard Hawks o hasta de Ford, se mueve sin embargo al ritmo de Clint Eastwood y sus compañeros de Sin perdón (Unforgiven. Clint Eastwood, 1992), transmitiendo un aire elegíaco de tragedia próxima e inevitable con sabor crepuscular, que la música sobria y melancólica y una fotografía pálida y grimosa subrayan apropiadamente.


Cuando finalmente, tras sudar sangre con cada uno de sus pasos, el grupo llega a su destino, el filme, sin perder su estudiada sobriedad, estalla en un brote de violencia brutal y sin contemplaciones, que traslada el wéstern al ámbito del horror caníbal italiano y el sangriento splatter de los 70, con un toque de su heredero posmoderno el torture porn, sin dar tregua al espectador de estómago flojo. Los trogloditas sin nombre y casi sin idioma apenas poseen rasgos humanizadores. Son auténticos cavernícolas, prácticamente desnudos, embadurnados con barro seco y escarificaciones, que atacan brutalmente a sus enemigos, y sólo mantienen con vida a sus prisioneros a fin de engordarlos y sacrificarlos después como reses, para servirles de alimento. Zahler muestra en toda su gloria sangrienta la ejecución del joven ayudante del sheriff a manos de los trogloditas, encabezados por el que parece ser su líder, identificado por el adorno de colmillos que rodea su mandíbula. Tras ser escalpado brutalmente dejando su cerebro al descubierto, dos de ellos le ponen boca abajo, separando sus piernas, mientras el tercero, utilizando su hacha de hueso le abre por la mitad, todavía vivo, como a un cerdo, ante los gritos y miradas horrorizados del resto de prisioneros. Nada nos hace sentir la más mínima empatía o complicidad con los trogloditas.


Caracterizados como alguna tribu neolítica del interior de las junglas amazónicas o del pasado prehistórico más salvaje, nos resultan tan inhumanos y ajenos como los Gusanos de la Tierra de Howard o Machen, aunque no hayan perdido su forma humana. Sus adornos, el silbato que se hacen injertar en la garganta para llamarse unos a otros, sus tocados, sus armas de piedra y hueso, todo en ellos los convierte en un Otro definitivamente ajeno. Un Enemigo milenario, que nos mira como a simples animales para el matadero, y ante el cual solo caben dos opciones: matar o morir.


Poco nos deja saber sobre la naturaleza, origen o cultura de estos trogloditas Bone Tomahawk. Son evidentemente una sociedad guerrera, dividida en clanes familiares no muy extensos (el que ha capturado a los protagonistas lo forman unos doce hombres y un par de mujeres), cada uno de los cuales ocupa una amplia caverna en lo alto de los varios montes que dividen “El Valle de los Hombres Hambrientos”. Alrededor de su territorio colocan cráneos humanos y animales como aviso a quienes intenten penetrar en él, a la manera de los cazadores de cabezas.


Practican los enterramientos ceremoniales y su estructura social es aparentemente patriarcal, ya que las mujeres, cegadas y con los labios mutilados, son utilizadas sólo como paridoras (en esto se diferencian de sus parientes próximos los wendols, adoradores prehistóricos a destiempo de la Diosa Madre en El guerrero nº 13 The 13th Warrior (1999), según la mejor novela de Michael Crichton, evocación también del Pequeño Pueblo teñida de la leyenda nórdica de Beowulf, con guiños al Wendigo, demonio antropófago de los inuit, y al propio Lovecraft).

La Madre Wendol de El guerrero nº 13 (The 13th Warrior, 1999)

Como ya vimos, su tecnología es apenas neolítica, desconocen las armas de fuego de los blancos y el empleo o fabricación de metales. Aunque viven en pequeños clanes familiares, donde seguramente se practica la endogamia con regularidad, es posible que también se celebren uniones sexuales entre los miembros de distintos clanes, pues de lo contrario sería poco menos que imposible que no se hubieran extinguido ya. A este respecto resulta sorprendente que su atractiva prisionera no haya sufrido vejación alguna, ni sido destinada a la procreación o la esclavitud sexual. Se trata de la mayor debilidad de la película, que sólo puede explicarse o bien por el rechazo tabú de los trogloditas a mantener relaciones sexuales con las mujeres blancas, del mismo modo que no comen negro... O, más probablemente, al tabú de buena parte del cine de horror actual que, llevando a sus extremos una vieja tradición hollywoodiense, no tiene problema alguno en mostrar la brutalidad y el horror gráfico pero evita puritanamente la violencia sexual y el erotismo abierto: 



No sabemos si entre los diferentes clanes existen acuerdos de algún tipo, si forman parte de una estructura social mayor o permanecen independientes salvo en ocasiones especiales (emparejamientos, ceremonias religiosas, guerras o batallas tribales), aunque es posible que exista alguna suerte de federación entre las distintas familias, para conseguir caza y comida, defenderse o atacar a un enemigo mayor, en tiempos difíciles. Es poco probable que puedan vivir sólo practicando la antropofagia, ya que, temidos por los indios y prácticamente desconocidos por el hombre blanco, encontrarían pocas presas a su alcance, salvo que también hayan caído en el endocanibalismo (es decir: se devoren entre ellos, bien sea destinando algunos miembros de la tribu a este fin y criándolos como ganado, o sacrificando a los más débiles en momentos de hambruna). Su lenguaje, escueto y poco articulado, no parece tampoco muy complejo, y sobre las paredes de la caverna no vemos signos escritos ni pintura rupestre alguna, aunque es factible que estén reservadas a decorar “habitaciones” en el interior de la montaña, que no llegamos tampoco a ver, destinadas a uso quizá religioso. Conocen, por supuesto, el fuego, ya que la entrada superior de la cueva, a la que se accede por medio de largas sogas, y donde se encuentran las celdas de los prisioneros, posee un amplio hueco en su suelo a la manera de un gran brasero, donde los rescoldos del fuego mantienen la temperatura caldeada.


La verdad, nada de esto importa demasiado a efectos prácticos cinematográficos, ya que como ejercicio de estilo que combina intencionada e inteligentemente géneros tan aparentemente (pero sólo aparentemente) ajenos como el wéstern y el horror splatter, la gracia principal de Bone Tomahawk radica antes en esta suerte de juego cinéfilo que en la lógica de su argumento. Lo realmente sorprendente es que, sin embargo, y a diferencia de lo que ocurre con otros “inventos” metacinéfilos y referenciales característicos del cine del siglo XXI, la película de Zahler funciona bien narrativa y emocionalmente: mantiene nuestro interés por sus protagonistas arquetípicos y por la suerte que les aguarda, nos divierte, excita y sorprende más allá del mero juego cinéfilo. Y lo hace porque, exactamente igual que el viejo relato de Robert E. Howard, a pesar de su fantástico descenso a la Frontera Hueca, este resulta una grotesca pero eficaz sublimación de la inhóspita e inhumana naturaleza misma de la Frontera.

Los trogloditas antropófagos de Bone Tomahawk, como desplazamiento del Enemigo hacia un Otro imaginario y fantástico –el gusano de la tierra-, le dan la oportunidad a Zahler de recrear una violencia y un salvajismo propios de la auténtica vida en la Frontera, que serían impensables hoy de atribuirse a alguna tribu de nativos americanos concreta, existente en cualquier fase de su historia. Y, sin embargo, ¿son tan diferentes las costumbres, usos y (malas) maneras de los “Hombres Hambrientos” de Zahler de los de algunas naciones indias reales? Pese a que se trata de una cuestión polémica, cuya investigación misma es a veces objeto de boicot por algunos sectores del mundo académico, y a la que se oponen también representantes políticos y activistas sociales de las comunidades actuales de nativos americanos y de las Primeras Naciones, cada vez hay más evidencia arqueológica y antropológica de la práctica del canibalismo en tiempos tanto prehistóricos como históricos, entre distintos grupos y naciones aborígenes de los Estados Unidos.

Indios caníbales, pintura de Jan van Kessel (alrededor de 1670)

Es bien conocida la pasión por la tortura de los iroqueses, aunque quizá lo sea menos que en lengua algonquina incluso el nombre mohawk significa “devorador de carne humana”, y parece que la antropofagia era bastante habitual entre muchas de las Cinco Naciones que componían la célebre Liga de los Iroqueses, formada en algún momento entre los siglos X y XVI de nuestra era, y que los europeos encontraron ya firmemente establecida a su llegada. En el otro extremo del continente, a comienzos del nuevo milenio, un grupo de investigadores encontró pruebas irrefutables de canibalismo entre los anasazi o pueblo, antepasados de los hopi y zuñi, tras examinar pormenorizadamente y por medio de análisis bioquímicos restos encontrados en un poblado prehistórico, próximo al gran establecimiento de Mesa Verde, en el Suroeste de Colorado. Pruebas consistentes no sólo en huesos humanos e instrumentos para cortarlos salpicados con manchas de sangre, y vasijas de cocina con tejido también humano en su interior, sino en el hecho más decisivo aún de que al analizar varios coprolitos 
bonita denominación  para las heces prehistóricas fosilizadas sometiéndolos a test bioquímicos contrastados, estos revelaron claramente trazas de proteína muscular humana digerida (noticia publicada por el New York Times y el Los Angeles Times del 7 de septiembre de 2000).

Restos humanos encontrados en un yacimiento anasazi en Arizona, datados entre 1150 y 1200 de nuestra era, prueba de la práctica de canibalismo entre los pueblo

Un atento seguimiento de las investigaciones históricas, arqueológicas y antropológicas recientes respecto a los antiguos pobladores de Estados Unidos, exento de prejuicios en cualquier sentido, nos muestra un retrato de los nativos americanos mucho menos idílico del ofrecido tradicionalmente por los media en las últimas décadas, y si bien no cabe duda de que las acusaciones exageradas, politizadas y descontextualizadas de crueldad, canibalismo, torturas y brutalidad vertidas sobre los indígenas americanos sirvieron para justificar interesadamente su no menos salvaje exterminio, es difícil si no imposible negar evidencias como el hallazgo de los restos de la conocida como Masacre de Crow Creek, fechada alrededor del año 1300 de nuestra era, que tuvo lugar entre varios grupos de nativos americanos establecidos a lo largo del río Missouri en la zona de Dakota del Sur, antepasados directos de las tribus de los mandan y los hidatsa, donde se encontró una fosa común con más de quinientos esqueletos de hombres, mujeres y niños, todos con señales claras de haber sido torturados, mutilados y escalpados (pocos historiadores actuales no reconocen que la costumbre del escalpado estaba ya extendida entre los nativos americanos mucho antes de la llegada del hombre blanco).

La fosa común de la Masacre de Crow Creek (alrededor del 1300 de nuestra era)

En todo caso, la fuente de inspiración para Zahler no son tanto los rasgos de violencia, antropofagia y crueldad reales de ciertas culturas de los nativos americanos, antes y después de la llegada del hombre blanco, como las películas de canibalismo mondo italianas y los survivals de los años 70, aunque sus salvajes trogloditas resulten no estar tan lejos de la realidad como les gustaría creer a algunos. Por otra parte, como ya se dijo, en la época en la que se desarrolla la acción de Bone Tomahawk la mayoría de las tribus indias hacía mucho que habían abandonado el sendero de la guerra, y con ello la mayor parte de sus crueles costumbres. Sin embargo, la estrategia que representa abrir estos agujeros en el subsuelo de la Frontera americana supone hacerlo también en el subconsciente del pueblo estadounidense, desplazando su sentimiento de culpa por el exterminio real de los nativos americanos a la lucha eterna y sin cuartel con un Enemigo imaginario, cuyos rasgos fantásticos permiten investirle con toda la violencia, brutalidad y perversidad atribuidas en el pasado a los auténticos indios americanos (justificando así su conquista e incluso masacre), evitando al mismo tiempo (al menos en apariencia) los peligros de la xenofobia, el racismo y el imperialismo. Zahler lo lleva a cabo con tan consumada eficacia que en una era de exacerbada corrección política y el mismo año de la zalamera y oscarizada El renacido, se ganó prácticamente el favor de toda la crítica sin suscitar el menor comentario adverso por la imagen absolutamente antipática, bestial e inhumana que ofrecen sus trogloditas caníbales. Para adivinar lo que hubiera podido ocurrir de utilizar la película alguna tribu india histórica como villanos, sin alterar su estilo de splatter y torture porn, basta echar un vistazo al recibimiento crítico que tuviera en su día la ya citada obra maestra de Robert Aldrich La venganza de Ulzana.

La venganza de Ulzana (Ulzana´s Raid, 1972)

En definitiva, este es uno de los aspectos más interesantes y disfrutables de la Frontera Hueca y sus distintos pero siempre monstruosos habitantes: representar metafóricamente el espíritu inhóspito e inhumano de un territorio ajeno, en perpetuo antagonismo con sus esforzados colonizadores, quienes cuando no son devorados literalmente por sus milenarios habitantes ocultos, han de convertirse a su vez, para sobrevivir, en seres no menos brutales y violentos, cayendo incluso en la locura. La antropofagia, en distintos grados y modos, aparece siempre asociada a los Gusanos de la Frontera, pues la realidad de un terreno casi inhabitable, sometido a climas extremos y catástrofes naturales, trae consigo siempre el espectro del Hambre, que vuelve al hombre contra el hombre, haciéndole olvidar ese tabú fundamental que, al menos simbólicamente, le separa de retroceder en el tiempo, para volver a convertirse en una criatura bárbara y primitiva: la prohibición de comernos los unos a los otros.

El cementerio indio de Bone Tomahawk: Planeta prohibido

Espectros del folklore ancestral y moderno como el Wendigo o el Chupacabras se caracterizan por su apetito de carne humana, las historias de canibalismo en la Frontera, de viajeros y pioneros que se ven obligados a devorar a sus compañeros muertos a fin de sobrevivir, siempre bajo sospecha de haber ayudado un poco a su fallecimiento para convertirlos en viandas, forman parte del acervo tradicional del Oeste, así como el hecho de que alguno de estos antropófagos ocasionales, aficionándose en demasía al regusto del pernil humano siguiera dándose a su consumo una vez retornado a la civilización. Desde Alfred Packer o la tragedia del Paso de Donner hasta películas como La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre. Tobe Hooper, 1974) o Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes. Wes Craven, 1977) y novelas como Off Seasson (de 1980, publicada en castellano como Al acecho) y sus secuelas, de Jack Ketchum, pasando por el clásico Weird Western de culto Ravenous (Antonia Bird,1999), la Frontera Antropófaga se superpone y complementa con la Frontera Hueca, en su a veces inconsciente (o no) desplazamiento del conflicto entre el hombre blanco y el nativo americano, sustituido por el enfrentamiento con imaginarias progenies de caníbales fuera de la ley, dejados de lado por la modernidad y el progreso, que parecen transformarse así en nuevos e irreconciliables Enemigos raciales tanto del hombre civilizado como de los primitivos pobladores de la Frontera, encarnando metafórica y fantasmáticamente su papel, adoptando formas monstruosas bajo la presión de una culpa reprimida y nunca del todo asumida por el inconsciente colectivo estadounidense.

Michael Berryman como Pluto, en Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, 1977)


(Continuará)




Comentarios

  1. Pasada de crítica. Felicidades. Encima con referencias a otras obras que no tengo vistas y que desde hoy pasan a la lista de futuribles. Tan solo un apunte, cuando decís que el personaje de Lili Simmons no ha sido violada creo que os equivocáis. De hecho lo hace de forma bastante impactante e inteligente. Cuando están encarcelados y el sheriff dice que no saben cuantos son, ella contesta con el número exacto y una mirada que no deja lugar a dudas. Peliculón.

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