GUSANOS DE LA FRONTERA - Rellenando agujeros en el Weird Western - Robert E. Howard, Bone Tomahawk, The Burrowers y el Mito de la Frontera (2ª Parte) | Jesús Palacios

Aviso: Este ensayo contiene spoilers.


-SEGUNDA PARTE-

Lengua y Literatura

III
Valles perdidos



Los hombres serpiente de Robert E. Howard, según John Buscema

Parece pura coincidencia que uno de los mejores relatos de wéstern fantástico y de horror escritos por el pionero del género Robert E. Howard, “The Valley of the Lost”, fuera anunciado en el número de enero de 1933 de Strange Tales, revista pulp que desgraciadamente vio interrumpida su publicación sin llegar a darlo a prensa, casi justo un año antes de que se hiciera público el “hallazgo” de la ciudad reptil bajo el suelo de Los Angeles. De hecho, el cuento no vería la luz según algunas fuentes hasta el verano de 1966, mucho tiempo después de la trágica muerte de su autor, en el número trece de la revista Magazine of Horror, bajo el título alternativo de “King of the Forgotten People”, aunque según otras sería la revista Startling Mystery Stories la que lo publicara por vez primera, en la primavera de 1967, como “Secret of Lost Valley”. Volvería a ser editado casi una década más tarde, cuando el experto Glenn Lord y el editor Charles Miller publicaran en 1975 una tirada limitada para coleccionistas del relato, como The Valley of the Lost, ilustrada por el artista Bot Roda.

Número de primavera de 1967 de Startling Mystery Stories, con el relato de Howard "Secret of Lost Valley"

Por tanto, es difícil si no imposible que G. Warren Shufelt hubiera leído este relato sobre hombres lagarto de una antigua raza protohistórica, cuya especie degenerada vive todavía bajo tierra americana, y cuya historia milenaria presenta gran similitud con la de los supuestos habitantes subterráneos de Los Angeles, tal como le fuera revelada al ingenioso ingeniero de minas y buscador de tesoros por el Jefe Green Leaf. Por supuesto, no era necesario. Tanto Howard como Shufelt tenían en las tradiciones de los indios pueblo un posible acervo legendario común al que acudir, y la Teosofía había popularizado el concepto de razas pre-humanas, protohistóricas y prehistóricas que se sucedían unas a otras, quedando algunas condenadas a misteriosos reinos bajo tierra como el de Agartha, en el Tibet, o Shambhala, en el Asia Central. Los hombres lagarto subterráneos flotaban, paradójicamente, en el aire de la época.

El tesoro sagrado de la montaña (1933), una de las pinturas inspiradas en el mito de Shambhala, por Nicholas Roerich

Por otro lado, la fuente de inspiración más obvia y directa para el relato de Howard, así como para otras de sus historias relacionadas con el mismo tema, son los cuentos de Arthur Machen sobre el Pequeño Pueblo, y su particular reinterpretación del mito de las hadas y duendes. En clásicos del horror moderno como “La pirámide resplandeciente” (1895), “La novela del sello negro” (1895), “La mano roja” (1895), “De las profundidades de la Tierra” (1923) o “Cambio” (1936), el escritor galés desarrolló la idea de que el folklore feérico de las Islas Británicas, la creencia extendida a lo largo de los siglos en hadas, duendes y elfos que influyen en la vida de los humanos, con su corolario de niños cambiados y desapariciones misteriosas en bosques y cuevas, tiene su razón de ser en la existencia real de los remanentes degenerados de una raza de habitantes anteriores a las primeras migraciones de pictos y celtas, que siguen viviendo bajo tierra, en cavernas y nichos, en lo profundo de los bosques y valles de Inglaterra, e incluso a veces en los más oscuros laberintos de las grandes ciudades como Londres, acechando malignamente a los seres humanos, enemigos ancestrales a quienes odian y detestan.

Arthur Machen

Este concepto, sustentado parcialmente por teorías antropológicas más o menos desprestigiadas hoy como las de Margaret Murray, causaría profunda impresión en Lovecraft, amén de en otros autores contemporáneos como John Buchan, así como, por supuesto, en Robert E. Howard, quien lo utilizaría en relatos de horror como “Los hijos de la noche” (1931), conectado con los Mitos de Cthulhu, o de aventuras histórico-fantásticas como “Gusanos de la tierra” (1932), protagonizado por su héroe picto Bran Mak Morn. Y, por supuesto, en “The Valley of the Lost”.

El gran acierto del creador de Conan en “The Valley of the Lost” sería, sin embargo, trasladar la acción de su historia del escenario británico o europeo al del Salvaje Oeste, partiendo de un episodio con ambiente y personajes típicos del wéstern. Amante de Texas y de su pequeña ciudad de Cross Plains, buen conocedor de su sangrienta historia local (como le escribió a Lovecraft en una ocasión: “Después de todo, Texas posee una historia casi increíble de violencia y derramamientos de sangre. Tan tardíamente como en la década de 1880 no era raro para un pistolero disparar a otro en las calles de alguna ciudad del Oeste y no permitir a nadie tocar el cuerpo. Algunas veces el cadáver podía yacer en medio de las calles durante días.”), Howard estaba decidido, animado por el propio Lovecraft, a combinar su imaginación fantástica, épica y macabra con los escenarios característicos de la Frontera, especialmente el desierto del Suroeste, pero también con otros más propios del Gótico Sureño como Louisiana, Arkansas o el Este de Texas, y aunque al principio sus experimentos consistieron en llevar personajes y elementos propios de la tradición europea del género a estos nuevos ámbitos, como los vampiros (“El horror del túmulo”, 1932) o el Pequeño Pueblo, progresivamente fue introduciendo elementos de brujería y folklore de los aborígenes americanos así como del Vudú afroamericano, llegando incluso a escribir un relato protagonizado por un jefe comanche, “The Thunder Rider”, que quizá por ello mismo no fuera publicado tampoco en vida de su autor. En cualquier caso, a pesar de la inspiración en Machen y el Pequeño Pueblo pre-céltico, “The Valley of the Lost” está también, como hemos visto, íntimamente relacionado con el mito de una Frontera Hueca, horadada por incontables túneles y cavernas que comunican con un mundo subterráneo americano secreto y olvidado, que para algunas naciones indias no es otro que el de su origen ancestral.


Ilustración para la versión en audiolibro de Valley of the Lost

Volviendo al relato en sí, este comienza como un violento episodio más en la sangrienta historia del Suroeste de Estados Unidos. Los Reynolds y los McCrill llevan quince años masacrándose unos a otros en una interminable guerra entre clanes desde que el viejo Esau Reynolds apuñalara hasta morir a Braxton McCrill, en un salón de la ciudad de Antelope Wells, nadie sabría decir ya por qué motivo. El caso es que ahora John Reynolds, único superviviente de una emboscada preparada por los McCrill, huye acosado campo a través en dirección a Lost Valley, donde tras dar muerte a uno de sus perseguidores se refugia en el interior de una caverna considerada tabú por los propios indios kiowa. Una vez dentro, Reynolds es atacado y abducido por unas extrañas criaturas humanoides de apariencia reptiliana que, pese a su aspecto degradado y repulsivo, poseen aún extraños poderes. Antes de ser sacrificado a su ídolo serpiente, el prisionero recibe una suerte de iluminación mística que le muestra la historia milenaria de esta raza antediluviana, que precediera a los Constructores de Montículos y a las primeras tribus indias, dueña de una poderosa civilización que desde su encierro subterráneo ha degenerado irreversiblemente, física y moralmente, aunque siguen manteniendo capacidades asombrosas y malignas, como la de reanimar momentáneamente los cadáveres de sus víctimas o comunicarse mentalmente, además de inocular un veneno mortal con su mordida pestilente. Una raza que, intencionadamente, recuerda también a los hombres-serpiente de Valusia, mortales enemigos del Rey Kull, el primer héroe de Espada y Brujería creado por Howard.

Thulsa Doom, villano invitado en Conan, el bárbaro (1982), transformándose en hombre serpiente

Durante siglos, estos enemigos del hombre han dado muerte ―y posiblemente devorado en sus rituales― a todos los humanos que han osado establecerse en Lost Valley, indios o pioneros, asesinados por muertos vivientes a sus órdenes o por las criaturas mismas. A pesar del horror de que es testigo, Reynolds consigue enfrentarse a los seres y apoderarse del ídolo que veneran, llegando a un pacto con ellos: les devolverá su dios si le dejan regresar a la superficie. Una vez fuera de la caverna, mientras se recupera de la lucha, contempla a los McCrill mientras estos penetran en su busca dentro de la cueva fatídica. Sin embargo, su implacable odio le impide avisarles de aquello que les espera. Pronto llegan hasta él los inútiles disparos y los gritos de agonía de sus viejos enemigos, víctimas de los hombres reptiles. Pero ya nada puede devolver la esperanza a John Reynolds. Los mundos y criaturas que ha descubierto en su descenso a las cavernas han destruido por completo su cordura: “Si existían criaturas tales como el Viejo Pueblo, ¿qué otros horrores no acecharían quizás bajo la superficie visible del universo? Fue consciente repentinamente de que había vislumbrado la sonriente calavera bajo la máscara de la vida y que ese destello hacía la vida intolerable. Toda certeza y estabilidad quedaban atrás, dejando sólo un demente amasijo de locura, pesadilla y horrores acechantes.” Lo que comenzara como un wéstern puro y duro, con tiroteos entre dos clanes enemigos de la Vieja Texas, termina como una historia de horror cósmico lovecraftiano, descubriéndonos que la Frontera del Oeste podía ser también una frágil frontera entre el pasado remoto y el presente, entre lo humano y lo no-humano, entre la cordura y la locura de saber demasiado. Una Frontera donde el verdadero peligro no son ya los nativos americanos, sino algo esencial y completamente inhumano, cuya naturaleza reptil lo aproxima al duro e inhóspito paisaje mineral de un país inmenso, inabarcable y esencialmente hostil hacia el colono, hacia un hombre blanco que trata de imponerle su civilización, sus leyes, normas y reglas, sin conseguirlo nunca del todo y a un coste quizá a menudo demasiado alto.

Goblin Valley State Park (Southern Utah), utilizado como escenario para rodar Héroes fuera de órbita (Galaxy Quest, 1999)

Al aclimatar al siniestro Pequeño Pueblo pre-celta de Machen al paisaje y las leyendas de la Frontera, dotando de expresión literaria al mundo hueco de misterio, fascinación y horror que se esconde bajo sus desiertos, montañas, bosques y ciudades, Robert E. Howard destapó también un pozo de historias de terror fronterizas (en los varios sentidos del término), que inspirarían en buena medida algunos de los ejemplos cinematográficos más interesantes de ese género esencialmente mestizo que es el Weird Western. A Howard, los valles misteriosos le atraían como reclamo seguro para la aventura, paisaje irresistible a la hora de despertar el interés del lector: además de “The Valley of the Lost” nos dejó “El valle de las mujeres perdidas”, una de las mejores aventuras de Conan, y el exótico relato histórico “El valle perdido de Iskander”. Así que, seguramente, hubiera preferido titular Bone Tomahawk (2015), uno de los Weird Westerns más originales de los últimos años, como El Valle de los Hombres Hambrientos. No sería de extrañar que su propio director, S. Craig Zahler, se lo planteara en algún momento, porque los parecidos razonables entre su wéstern caníbal y los Gusanos de la Frontera de Howard, pueden parecer quizá algo más que casuales.

En el Valle de los Hombres Hambrientos. (Bone Tomahawk, 2015)

(Continuará)

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