A QUEMARROPA - AVENTURAS DE JESS W. EARP EN EL SALVAJE OESTE DE ASTURIAS - SEXTA ENTREGA: ENMASCARADOS | JESÚS PALACIOS

Aventuras de Jess W. Earp en el Salvaje Oeste de Asturias
Sexta entrega:
Enmascarados


Ya lo comenté anteriormente: la mascarada perpetua que vivimos es inquietante. Vivir rodeados de rostros semi-ocultos es también vivir una realidad a medias. Puede que los ojos sean el espejo del alma, como dicen los (malos) poetas, pero las bocas, las narices, los pómulos, los labios, las mandíbulas, son la geografía principal del rostro. Sus montes, picos y montañas, sus bosques barbados, bigotudos o desnudos de cualquier vellosidad, sus hoyuelos en la barbilla -¿cómo amar a Kirk Douglas sin haber visto jamás su hoyuelo?-, sus pómulos hundidos en depresión perpetua, elevados con altivez eslava, abruptos o suaves e incluso pronunciados artificialmente por el bisturí del cirujano plástico, que tantas veces convierte el rostro humano en una máscara.



¿Qué decir de la mandíbula? Cuadrada y varonil cual la de John Wayne o Burt Lancaster, picuda y triangular como la de Sam Spade o rodeada de hinchados mofletes sonrosados como los de Charles Laughton, que tantas veces esconden una secreta perversidad lasciva. Los reveladores bigotes, desde el pequeño bigote miserable con pretensiones de conquistar Polonia, hasta el paranoico-crítico bigote daliniano, puro exceso y delirio de grandeza, pasando por el fino bigote a lo Errol Flynn, de héroe o de villano.



De los labios, por supuesto, podría escribirse todo un tratado y a buen seguro que ya lo habrá intentado más de uno (ojalá lo hubiera hecho Don Ramón y ojalá nunca lo haga Juan Manuel de Prada). Para que no se me tilde de macho man de la Frontera, diré cuatro cosas de los labios femeninos, repletos siempre de promesas: gruesos y sensuales como los de Brigitte Bardot, finos y suaves como los de Audrey Hepburn, casi invisibles como los de Tilda Swinton, alegres y llenos de curvas como los de Marilyn... Quizá los ojos de las mujeres sean pozos sin fondo, pero sus labios son las puertas que permiten penetrar en sus secretos más íntimos y ciertas sonrisas horizontales son promesa de otras, en fin, verticales (añorada colección, que tanto alegraba los largos trayectos en diligencia a través de una Frontera despoblada mayormente de encantos femeninos).



Todo esto y mucho más nos oculta la máscara protectora de aire quirúrgico que se ha convertido en nuestros yeux sans visage cotidianos. Y, sin embargo, empiezo a cogerle el punto. Porque, ¿queremos ver siempre el verdadero rostro del prójimo? ¿Queremos ser conscientes de ese rictus despectivo involuntario que tuerce la boca de nuestro secreto enemigo? ¿Esa sonrisa lasciva con la que el rijoso admira sin reparo el objeto involuntario de su deseo? ¿Esas barbillas picadas de viruela o prognáticamente amenazantes? ¿Esos bigotillos ridículos de adolescente eterno del picaflor o el petimetre? ¿Queremos ser insultados por obscenas narices a un rostro pegadas por la torpe mano de una naturaleza burlona? ¿Descubrir el gesto brutal de la nariz aplastada del boxeador que nos mira como si fuéramos su punchingball o el afilado apéndice nasal que dicen aguileño pero las más de las veces evoca al buitre que se relame pensando ya en devorar nuestros restos putrefactos? No nos hemos parado a reflexionar cuán agradecido es no ver por lo menos la mitad del rostro de nuestro vecino, sustituyéndolo por algo siempre mejor que la realidad: la imaginación.



Ahora somos todos como las enigmáticas damas del Oriente, con su chador esquivo y sugerente. Somos todos cirujanos sometiendo al prójimo al escrutinio de ojos-bisturíes con los que abrirle en canal para operar a corazón abierto. Cofrades de una sociedad secreta de miembros infinitos, la mayoría de los cuales no se conocen ni conocerán nunca entre sí. La máscara ya no es algo sobre nuestro rostro, ni una simple medida de protección sanitaria: la Máscara somos Nosotros.



Máscaras de usar y tirar, reutilizadas hasta que se caen a pedazos: máscaras de clase trabajadora, de todo a un euro. Máscaras de lujo, acolchadas, perfectamente diseñadas para dejar espacio al aliento: máscaras de clase alta, de las simplemente burguesas y apañadas a las aristomáscaras pluscuamperfectas, de precio exorbitante y prohibitivo. Y luego: máscaras personalizadas, exhibicionistas. Máscaras rebeldes sin causa, góticas y siniestras, alegres y buenistas, politizadas o friquizadas, que gritan a los cuatro vientos soy español, soy catalán, soy de Star Wars o de Star Trek. Mundo de rostros a medias y verdades a medias. Nueva Normalidad... En fin, tengo que dejar el láudano.



Jesús Palacios 😈


Mucho más en:

👉Tercera entrega: Alimañas

👉Cuarta entrega: Hasta que llegó su hora

👉Quinta entrega: Oeste maldito


 


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