Historias de campamento, terrores góticos y fobias varias | Rakel S.H.
Historias de miedo para contar en la oscuridad
eOne Films
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Valoración: Muy buena adaptación de la serie original con el toque Del
Toro y atmósfera ochentera. Se echa de menos un poco de humor, quedando una
película muy seria, aunque no aburrida, y de
extrema corrección política. Pese a todo, y a un desenlace de la trama central
un tanto desinflado, no se puede obviar la maestría en la realización y la
dirección artística, que atrapa al espectador a lo largo de todo el film.
El miedo
«La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido».
H. P. Lovecraft.
El miedo
acompaña al ser humano desde los albores de la civilización. Nos enseñó que no
era buena idea entrar en la cueva del oso o meter la mano en el fuego, nos
previno de andar bajo la tormenta y también
nos regaló la religión y la superstición ―no podía ser todo bueno―. La
Psicología identifica en torno a unos 16 tipos de miedo dependiendo de si es
real o no, según su carácter adaptativo o patológico, su nivel de impacto (físico, social, metafísico) y
otros factores derivados de complejos, terrores sociales y fobias.
El miedo nos
pone en alerta de manera natural ante un peligro potencial, pero también puede
ser disfuncional, entorpeciendo el desempeño normal de la vida y respondiendo a
causas totalmente irreales, capaces de provocar ansiedad, parálisis, histeria o
ataques de pánico.
En estas
historias de terror llevadas al cine, que nos recuerdan irremediablemente el formato de Historias de la
cripta, Cuentos asombrosos y similares por su construcción
episódica, se desarrolla la idea de explotar los miedos de los protagonistas. Hay
numerosos ejemplos sobre el uso de la “fobia” como eje del guion —temor a las
arañas en Aracnofobia, 1990— o como
elemento fundamental para la caracterización de un personaje o el progreso de la trama—la aprensión a
las serpientes de En busca del Arca Perdida, 1981—.
Hablamos de un recurso muy efectivo
para establecer un vínculo psicológico profundo
entre el espectador y la película, ya que cualquiera de nosotros cuenta con
algún objeto de desasosiego capaz de llevarnos al espanto, a la angustia o que
motive nuestro inconsciente para las
más horribles pesadillas. Lo vimos en películas como Phobia (1980) de John Huston, 1408
(2007) de Mikael Håfström, Fear clinic
(2014) de Robert Hall o Dread (2009)
de Anthony DiBlasi. Conocimos el pánico a los espacios abiertos de Helen Hudson
(Sigourney Weaver) en Copycat (1995)
o el pavor que sentía Jorge VI de Inglaterra (Colin Firth) cuando hablaba en público
en El discurso del Rey (2010), y el
genio del suspense Alfred Hitchcock nos condujo a través del horror por las
alturas de John “Scottie” Ferguson (James Stewart) en la obra maestra Vértigo (1958). El miedo retroalimenta
al miedo y está tan ligado al espectador de una película que incluso el cine ha
generado o incrementado ciertas fobias, como el miedo a los tiburones o al mar
gracias al estreno de Tiburón (1975)
de Steven Spielberg o a volar en avión por culpa de de Jack Smight y su Aeropuerto 1975 (1974).
Lo cierto es
que el miedo real o no, patológico o no, ha logrado hacerse un hueco fundamental
en la historia del cine, al margen
incluso del propio género de terror, y resulta imposible citar todos y cada uno
de los títulos en los que esta emoción humana capaz de perturbar nuestro raciocinio forma parte esencial
de la trama, de los personajes o trasciende hasta el propio espectador, porque siendo
parte de nosotros, instinto o trauma, el miedo se ve proyectado en la ficción y
en cuanto al cine, pasemos o no la prueba del boggart (Harry Potter y el
prisionero de Azkabán, 2004) o la
del gom jabbar de Dune (1984), esta singular expresión
de nuestra vulnerabilidad y pérdida de control se transmuta inmediatamente de fobia en filia, vistiéndose de
fascinación el horror, como nos enseñó —cautivándonos—
El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960) de Michael Powell.
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