EL VERDADERO PADRINO DEL GORE: William Chambers Morrow | Jesús Palacios


EL SIMIO, EL IDIOTA Y LOS DEMÁS. William Chambers Morrow. Traducción de Javier Fernández Rubio. El Desvelo Ediciones. Ed. Almuzara. Córdoba, 2026. 222 págs.

EL DESVELO EDICIONES RESCATA LOS RELATOS CRUELES DE W. C. MORROW, ANTECEDENTE DIRECTO DEL TERROR SPLATTER MODERNO, EL BODY HORROR Y EL SUSPENSE PSICOLÓGICO MÁS MORBOSO Y PERVERSO

I

Un poco de historia sangrienta



n 1838 Edgar Allan Poe (1809-1849) publica The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket, novela repleta de naufragios angustiosos, canibalismo por supervivencia, putrefactos cadáveres hinchados y nativos salvajes y antropófagos. Al año siguiente, se editan los dos volúmenes de Tales of the Grotesque and Arabesque, que a la larga consagrarán a su autor como creador del horror moderno, sacándolo de sus orígenes góticos, sobrenaturales y melodramáticos para llevarlo a las nuevas fronteras de la psicopatología humana, a través del terror psicológico, de un lado, y del más físico y corporal de otro, convirtiendo la categoría de “grotesco” en esencial para el género, con sus componentes de humor negro, crueldad extrema y personajes retorcidos, morbosos y enfermizos.

 

Arthur Gordon Pym, edición francesa con ilustraciones de Daniele Serra

El 16 de mayo de 1896, se inaugura en París el Théâtre-Salon Libre, pronto convertido en el Grand Guignol, que bajo la dirección del dramaturgo Oscar Méténier, amigo de Guy de Maupassant (el Poe francés) y formado en el teatro naturalista, comenzará a partir del año siguiente su largo y sangriento recorrido hasta cerrar en 1963, con un repertorio de obras de impacto inspiradas en relatos e historias de Poe, Jean Lorrain, Octave Mirbeau y muchos más, contando también con una nómina de autores originales encabezada por André de Lorde (conocido como El Rey del Terror), que incluiría a lo largo de los años a Charles Foleÿ, Maurice Level, el psicólogo Alfred Binet, Charles Méré, Maurice Renard, Frédéric Dard, Robert Hossein, Jean Redon y Roger Hanin, por citar algunos.

 

👉 AMPUTACIONES GÓTICAS | Jesús Palacios 

 

Fundamentado en el empleo de trucos y efectos especiales sensacionales y espectaculares, su nombre se convirtió en sinónimo de horror físico y psicológico, sangriento, cruel y exagerado hasta el delirio, mostrando en vivo y en directo amputaciones, degüellos, operaciones quirúrgicas, locos experimentos, sádicas torturas, monstruos humanos y toda suerte de aberraciones salpicadas de erotismo sicalíptico y humor negro, llevando a las tablas adaptaciones de grandes éxitos del cine de terror como El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari. Robert Wiene, 1920), El Doctor Frankenstein (Frankenstein. James Whale, 1931), El doctor X (Doctor X. Michael Curtiz, 1932) o Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage. Georges Franju, 1960), y literarias como El Dr. Jekyll & Mr. Hyde de Stevenson o No hay orquídeas para Miss Blandish de James Hadley Chase, entre otras muchas.

 

Paula Maxa, la estrella femenina del Grand Guignol, se confiesa

Su gran estrella femenina, Paula Maxa, fue conocida como “La mujer más asesinada del mundo” y como “La mujer más loca del mundo”. La violencia, erotismo y descaro del Grand Guignol fascinó a intelectuales y artistas durante varias décadas, desde los Surrealistas a Anaïs Nin, Picasso o Andre Gide, pasando por Aleister Crowley, Gaston Leroux (autor de El Fantasma de la Ópera, puro Grand Guignol literario), Noël Coward, etc., inspirando imitaciones a lo largo y ancho del mundo.

 

El teatro de la crueldad de Tod Browning y Lon Chaney: Los pantanos de Zanzíbar (1928)

En 1925 se estrena El trío fantástico (The Unholy Three), dirigida por Tod Browning (1880-1962), protagonizada por Lon Chaney (1883-1930) y basada en una novela del singular Tod Robbins (1888-1949), una historia de crimen y suspense protagonizada por un trío de “fenómenos” circenses, absolutamente grotesca, sádica y retorcida. Las colaboraciones entre Browning y el conocido como Hombre de las Mil Caras establecen un nuevo baremo de crueldad, abyección y perversidad en el espectáculo cinematográfico, basado principalmente en la deformidad física de sus personajes, acompañada siempre por la psicológica, a lo largo de melodramáticos y delirantes argumentos de venganza, crimen y locura, con pinceladas más o menos indirectas de todo tipo de parafilias y perversiones fetichistas, que convierten películas como Garras humanas (The Unknown, 1927), Los pantanos de Zanzíbar (West of Zanzibar, 1928) y Oriente (Where East is East, 1929), en festines sadomasoquistas que hacen palidecer el catálogo de la Psychopathia sexualis de Krafft-Ebbing. Hasta llegar, por supuesto a La parada de los monstruos (Freaks, 1932), adaptación también de un relato de Tod Robbins, que sería ya demasiado para la censura y la sociedad de su tiempo, con su reparto de auténticos “fenómenos” circenses reales convertidos en estrellas de cine por vez primera en la historia, con resultados escalofriantes.

 

(Para saber más sobre La parada de los monstruos: https://www.silexediciones.com/producto/la-parada-de-los-monstruos/)

 

Las películas del tándem Browning-Chaney, máxima expresión del más grotesco y cruel horror físico y mental, de naturaleza siempre humana, materialista y no sobrenatural, le valieron al primero tanto su éxito como su caída, así como ser bautizado como “El Poe del cine”.

 

Lon Chaney en la escena que hizo temblar de miedo a Lovecraft, como Erik, El Fantasma de la Opera (1925)

Pero no fueron las únicas durante los años del cine mudo y los primeros talkies en Hollywood, repletos de títulos como El hombre sin piernas (The Penalty. Wallace Worsley, 1920), El jorobado de Notre Dame (The Hunchback of Notre Dame. Wallace Worsley, 1923), El que recibe el bofetón (He Who Gets Slapped. Victor Sjöström, 1924), El Fantasma de la Ópera (The Phantom of the Opera. Rupert Julian, 1925), El hombre que ríe (The Man Who Laughs. Paul Leni, 1928), El doble asesinato de la calle Morgue (Murders in the Rue Morgue. Robert Florey, 1932), El caserón de las sombras (The Old Dark House. James Whale, 1932), Los crímenes del museo (Mystery of the Wax Museum. Michael Curtiz, 1933) o Las manos de Orlac (Mad Love. Karl Freund, 1935), todos basados en horrores físicos y psicológicos sin componente sobrenatural y con un notable grado de exhibición gráfica, previo a la definitiva entrada en vigor y aplicación del Código Hays.

 

 

En 1930, el futuro premio Nobel japonés Yasunari Kawabata acuña, en su novela modernista La pandilla de Asakusa, el término ero-guro-nansensu, una palabra compuesta con origen extranjero (el inglés), que se traduce literalmente como lo “erótico-grotesco-absurdo”, y se aplicará pronto a numerosas manifestaciones de la cultura nipona del momento, influidas por tendencias occidentales (especialmente la literatura decadente y naturalista francesa) pero con carácter propio, donde estos elementos jugarán un papel fundamental tanto en el cine y la ilustración como en el teatro, la publicidad, los locales de moda y, por supuesto, la literatura.

 

Adaptación de “La oruga”, cuento de Edogawa Rampo, por Suehiro Maruo, rey del manga eroguro

Edogawa Rampo (1894-1965), seudónimo de Hirai Tarō, será su máximo representante. Conocido como “El padre de la novela policíaca” japonesa, su nombre adoptivo responde a la forma nipona de pronunciar el nombre de Edgar Allan Poe, lo que ya nos dice casi todo. Gran parte de su prolífica obra durante las décadas de los veinte y treinta se caracterizará por su obsesión con la mutilación, la deformidad, lo escatológico, el sadomasoquismo, las psicologías morbosas y los crímenes más inverosímiles, amén de todo tipo de fetichismos y perversiones, con declarada influencia de Poe, pero también de otros autores occidentales como Gastón Leroux o Conan Doyle, si bien abundando en descripciones generalmente mucho más gráficas y extremas. Rampo tendría enorme influencia en cine, literatura y manga, pero no estaba solo en esta literatura de lo erótico, grotesco y absurdo. Hasta que la censura imperial no le pusiera coto sería cultivada por escritores que van de los prestigiosos Akutagawa o Tanizaki, a otros menos conocidos como Kyusaku Yumeno; el pionero de la ciencia ficción Juza Unno o Shiro Hamao.

 

👉 EROGURO PARA LA ERA ESPACIAL | Jesús Palacios 

 

Después de la Segunda Guerra Mundial, el eroguro volverá lentamente a introducirse en la cultura japonesa y a finales del siglo XX invadirá Occidente en alas del manga, el anime, el j-horror y el redescubrimiento de sus clásicos.

 

(Para saber más sobre el eroguro: https://satoriediciones.com/libros/eroguro/)

 

En 1933, en pleno apogeo del cine de terror en Hollywood, el editor estadounidense Henry Steeger, propietario de Popular Publications junto a su socio Harold Goldsmith, que publica varias cabeceras de pulps, con especial dedicación al género policíaco en revistas como Dime Detective y Dime Mystery Magazine, que no pasan precisamente por su mejor momento, se encuentra en París. Allí asiste a una representación del Theatre du Grand Guignol y, ¡tachán!, ante aquella exhibición de atrocidades recibida con risas, aplausos, gritos de pavor y entusiasmo por el público, se le enciende la bombilla que salvará sus publicaciones en crisis: convertir sus anodinas historias detectivescas en auténticos relatos de horror físico, psicopatología criminal y sangrientos misterios de apariencia sobrenatural que siempre tienen una explicación materialista o científica, tan inverosímil casi como si no lo fuera, pero de carácter racional.

 

Portada representativa del weird menace pulpperteneciente a un número de Spicy Mystery Stories

Surge así el concepto del weird menace o shudder pulp, con Dime Detective y Dime Mystery a la vanguardia, donde predominan el suspense, la amenaza y el peligro, las descripciones más espeluznantes, abyectas y repulsivas, con los asesinos (y a veces también los héroes) más grotescos, deformes y sádicos. Portadas llenas de chicas curvilíneas con las ropas destrozadas, en manos de criaturas siniestras, a punto de ser descuartizadas, mutiladas o algo incluso peor que la muerte (ya saben), rodeadas de esqueletos, sabios locos, sectas de encapuchados y seres pantanosos, sirven de reclamo a cuentos a cual más tortuoso y truculento escritos por profesionales como Hugh B. Cave, Norvell W. Paige, Russell Gray, Arthur Leo Zagat, Paul Chadwick, Arthur J. Burks, Paul Ernst, Robert Leslie Bellem... E incluso algunos que después ganarían justo prestigio en la novela negra, como Cornell Woolrich o Bruno Fisher. La mayoría, contribuyen también a los spicy pulps o pulps picantes, publicaciones hermanas donde el sesgo es hacia un mayor erotismo, generalmente combinado con el sadismo y la violencia de los shudder pulps.

 

https://cualia.es/doctor-zarkov-el-cirujano-de-almas-robert-leslie-bellem/

 

A finales de los treinta la competencia del cine y de los cómics se unirá a la implacable persecución de la censura para acabar con estas publicaciones, que han perpetuado a la manera sensacionalista, barata y divertida de la mejor y la peor pulp fiction la tendencia psicológica y materialista del género de terror iniciada por Poe y popularizada por el Theatre du Grand Guignol.

 

 

En 1949. William Gaines (1922-1992), editor jefe del sello Educational Comics (EC), lo transforma en Entertainment Comics y lanza al mercado varias líneas de tebeos a todo color que recuperan en forma de viñetas el espíritu y la letra de la pulp fiction de las décadas anteriores, incluyendo el terror más gráfico y brutal, con títulos míticos como Tales from the Crypt, The Vault of Horror, The Haunt of Fear y Shock SuspenStories. Aunque da cabida en ellos a todo el espectro (nunca mejor dicho) del género, tanto fantástico y sobrenatural como lo contrario, se erigen en más de un sentido en herederas de los shudder pulps y la tradición sangrienta y literalmente visceral del terror físico, psicológico y materialista, con terroríficos artistas como Jack Davis, Reed Crandall, Will Elder, Graham Ingels, Joe Orlando y otros más famosos y reconocidos, como Frank Frazetta o Wallace Wood, cuyas portadas e historietas llenarán de felices pesadillas a varias generaciones de futuros escritores y cineastas de horror moderno, quienes lo reflejarán en sus obras. En sus páginas, junto a vampiros, licántropos, zombis, espectros y demonios, aparecen frecuentemente, en especial en Shock SuspenStories, relatos de puro terror psicológico y morboso, con asesinos psicóticos, retorcidas venganzas, planes criminales maquiavélicos o tortuosas torturas físicas y morales, que siguen la sangrienta línea materialista que estamos trazando aquí.

 

Portada de Al Feldstein para el número doce de ShockSuspenStories, de la EC comics

También estas maravillosas publicaciones, dirigidas al público adulto (pero consumidas desde luego por jóvenes y adolescentes), acabaron siendo metafórica y literalmente condenadas por psicólogos conductistas como el infame Dr. Frederic Wertham y por políticos conservadores como el senador demócrata Estes Kefauver, que consiguieron acabar efectivamente con ellas en 1954, obligando a la industria del cómic estadounidense a crear su propio y censorial Comics Code, suerte de equivalente al Código Hays cinematográfico.

 

(Para saber más sobre los EC cómics: https://espop.es/catalogo/es-pop-ensayo/la-plaga-de-los-comics/)

 

Casi diez años después, en 1963, ignorando y burlando el Código Hays, manteniéndose al margen del circuito de distribución y estrenos tradicional, el director Herschell Gordon Lewis (1926-2016) y su socio, el productor David F. Friedman (1923-2011), que ya habían hecho buen negocio en el campo de los nudies y antes en el de los films publicitarios, conseguirían estrenar una curiosa producción de muy bajo presupuesto económico, artístico y moral, pero con muy alto grado de contenido sangriento, visceral y gráficamente violento: Blood Feast (1963).

 

Explotando el éxito de Psicosis (Psycho, 1960), la obra maestra de Hitchcock según novela de Robert Bloch, pero apostando por el color, la sangre, el sexo y las degollinas y destripamientos en primer plano como antídoto para la falta de medios (y, reconozcámoslo, de talento) el resultado es una película que evade cualquier intento de crítica seria para convertirse en primer ejemplo canónico y abanderado del nuevo cine de terror gore o splatter, que hace precisamente de la exhibición de atrocidades su razón de ser. Irresistiblemente camp a día de hoy y pese a sus muchos defectos, Blood Feast es la entrañable (pun intended) plasmación literal en imágenes del horror físico materialista y patológico de buena parte de los cómics de la EC, los shudder o menace pulps, el melodrama grotesco de Browning, el Theatre du Grand Guignol y el Poe más negro, morboso y decadente, llevado al exhibicionismo extremo.

 

Fotograma de Blood Feast (1963), primera película gore de la historia

A Blood Feast le seguirían la mítica 2000 maníacos (Two Thousand Maniacs, 1964), con una ligera excusa sobrenatural y más en tono de comedia negra; Color Me Blood Red (1965), A Taste of Blood (1967), con un toque vampírico, The Gruesome Twosome (1967), la psicodélica The Wizard of Gore (1970) y la ya autoparódica The Gore Gore Girls (1972), dejando establecida la nueva frontera del splatter, que se iría lenta pero inexorablemente infiltrando en todo el cine de terror moderno, tanto el comercial como el de autor. Que Lewis tenía en mente el ejemplo seminal del Theatre du Grand Guignol parisino lo ejemplifica que en 1968 intentara emularlo abriendo en Chicago una sala propia: The Blood Shed, destinada a exhibir sus películas y otras en la misma línea, pero aderezadas con actos en vivo a cargo de personajes caracterizados como Wanda Werewolf, Irving Vampire o el Conde Satán, que podían degollar a miembros de la audiencia, previamente preparados, claro, y representar pequeñas piezas de terror sangriento en directo. Rebautizada poco después como Le Cinema Bizarre, lamentablemente la sala duró tan solo unos pocos meses en activo.

 

(Para saber más sobre cine gore: https://www.iberlibro.com/9788479741525/Sangre-sudor-visceras-historiacine-gore-847974152X/plp)

 

Damos un último salto hasta 1980, fecha del estreno de Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust) de Ruggero Deodato, que lleva la mezcla del documental sensacionalista conocido como mondo, por la seminal Este perro mundo (Mondo cane. Cavara, Jacopetti y Prosperi, 1962), heredera a su vez de los travelogues del cine mudo y de películas exóticas como Trader Horn (W. S. Van Dyke, 1931) —durante cuyo rodaje en África fallecieron varios extras cuyas muertes se conservan en el metraje filmado— o la citada Los pantanos de Zanzíbar, entre otras, al paroxismo de la metaficción y lo que se ha dado en llamar equívocamente “falso metraje encontrado de terror”, combinado con el espeluznante y muy físico tabú del canibalismo.

 

El momento más famoso de Holocausto caníbal (1980), falso documental mondo antropófago

Una temática que procede en gran medida de los jungle pulps y las narraciones de aventuras y viajes exóticos con sesgo sensacionalista, basados en la repulsión, el miedo y la angustia que provoca el tabú de la antropofagia, unido a los sacrificios humanos, las supersticiones de los “pueblos salvajes” o “primitivos” y los no menos salvajes y peligrosos animales selváticos, desde insectos asesinos o mortíferas serpientes venenosas hasta los grandes depredadores carnívoros. Todo ello reaparecerá por sorpresa en plenos ochenta con esta extraña moda del cine caníbal italiano, que triunfó durante varios años y nunca se ha ido del todo, por poco apetitosa que pueda parecer en principio, teñida casi siempre también de insano erotismo e hipócritas coartadas ecologistas o de denuncia humanitaria.

 

(Para saber más del cine mondo caníbal: https://breviarioparadipsomanos.blogspot.com/2011/11/2000-maniacos-42-especial-exotico.html)

 

(Para saber más del falso documental y el metraje encontrado de terror: https://www.elcomercio.es/festival-cine-gijon/201511/27/libro-adentra-historia-falso-20151127002529-v.html)

 

Con Holocausto caníbal y sus secuelas, imitaciones y copias, cerramos el círculo abierto por Poe con su Gordon Pym, otra historia de aventuras exóticas y canibalismo presentada en su momento como “auténtico” libro de viajes. Pareciera que hemos trazado así un recorrido breve pero completo por las raíces y puntas del terror materialista que utiliza como punto de partida (y de llegada) lo físico, psicológico (o psicopatológico) y natural, frente a ese otro terror que procede del miedo a lo desconocido en su sentido sobrenatural, esotérico, teológico, mágico o místico, como gustéis. Pero resulta que no. Resulta que nos faltaba un importante eslabón perdido en esta evolución del horror naturalista: un tal William Chambers Morrow.

 

II

Simios, idiotas, tullidos, caníbales, cirujanos, asesinos y suicidas:

El loco, loco, loco mondo de W. C. Morrow.

 

William Chambers Morrow (1854-1923), el eslabón perdido del terror psicológico y splatter

Prácticamente nada sabíamos acerca de la existencia, mucho menos de la obra, del escritor estadounidense William Chambers Morrow (1854-1923). Periodista, novelista y autor de relatos, amigo y colega del genial Ambrose Bierce, nació en Selma (Alabama), en el seno de una familia de propietarios algo venida a menos tras la Guerra Civil americana. Después de graduarse en la Universidad de Samford y regentar durante un tiempo el hotel familiar, decidió instalarse en California en 1879 para intentar abrirse paso en la profesión periodística y literaria. Gracias al intermedio de Bierce no tardó en vender sus primeras historias a la revista The Argonaut y después al San Francisco Examiner de William Randolph Hearst, donde se publicarían la mayoría de sus relatos y piezas más populares.

 

En 1899 Morrow abrió una escuela para escritores, ante el escepticismo de Bierce, que se quejaba de que este prefiriera enseñar a otros en lugar de seguir publicando su propia obra, lo que, sin duda, obedecía a necesidades económicas. Casado desde 1881, nunca llegó a ser un autor de gran éxito, pese a lo cual publicaría varias novelas de variado interés: Blood-Money (1882), relato ficcionalizado del famoso enfrentamiento armado entre colonos y empleados del ferrocarril conocido como “La tragedia de Mussel Slough”, ocurrido dos años antes en el Valle de San Joaquín, que también recibiría la atención de Bierce y del gran novelista Frank Norris; A Strange Confession (1880-1881), historia de misterio y suspense serializada por el Californian pero nunca publicada después en forma de libro; dos novelas de aventuras románticas: A Man, His Mark: A Romance (1900) y Lentala of the South Seas (1908), además de algunas colecciones de artículos, manuales literarios y libros de viajes. Pero su obra más interesante y significativa la encontramos en su colección de cuentos crueles El simio, el idiota y los demás (The Ape, the Idiot and Other People, 1897), que acaba de publicar en castellano El Desvelo Ediciones.

 

Edición original de The Ape, the Idiot and Other People (1897)

Si las novelas de Morrow palidecen ante las de sus contemporáneos de esa suerte de escuela californiana que floreció en torno a San Francisco y de la que forman parte, cada uno a su manera, autores tan notables como Bret Harte, Jack London, Frank Norris o el mismo Bierce, sus cuentos de horror merecen cierta consideración por su peculiar naturaleza distintiva, que los sitúa como genuinos antecedentes del Theatre du Grand Guignol francés, el cine grotesco de los años 20, los shudder o menace pulps y el nacimiento del moderno splatter, tanto literario como cinematográfico.

 

Publicados previamente en revistas y periódicos, estos cuentos aparecen como libro un año después de la fundación efectiva del Grand Guignol en París, pero no se debe olvidar que su autor visitó la ciudad de la luz en esas fechas, de lo que dejaría testimonio en su libro de viajes Bohemian Paris of Today (1899), donde si bien no describe las representaciones sangrientas del teatro de Meténier, que aún no había abierto sus puertas, sí narra sus aventuras en espectáculos precedentes muy similares, como los que ofrecían los populares y macabros cabarets “diabólicos” de moda: el Cabaret du Néant, el Cabaret de L´Enfer, presidido por el mismísimo Mefistófeles, y el más lógicamente aburrido Cabaret du Ciel. Aunque no hay relación directa entre los cuentos de Morrow y las representaciones del Grand Guignol, está claro que existía una atracción natural entre ambos mundos: el de los espectáculos macabros, decadentes y sicalípticos del París de la Belle Époque, que visitó y describió en su libro, y el de sus relatos crueles y delirantes.

 

Los Cabarets del Cielo y del Infierno, antros bohemios que visitó Morrow en París

Cuando Morrow fallece el tres de abril de 1923, en Ojai (California), con 69 años de edad, Hollywood acaba de comenzar a explotar la vena morbosa del melodrama de horror físico que caracterizará lo mejor del dúo Browning-Chaney, juntos y por separado, y aunque se habían publicado ya algunas novelas y relatos de escritores como Tod Robbins o Frank L. Packard que incidían en la temática, no podemos sino señalar la originalidad del autor de los cuentos de El simio, el idiota y los demás, producto de una peculiar idiosincrasia, que le llevaría a dar forma a este auténtico catálogo de monstruosidades netamente humanas, cuya truculencia, exotismo, regusto macabro, situaciones extremas y descripciones morbosas, adelanta gran parte de los tópicos posteriores de ese terror no sobrenatural, que depende sobre todo de la perversidad intrínseca del ser humano, encarnada en toda suerte de deformidades y crueldades tanto físicas como psicológicas.

 

Portada de Bohemian Paris of To-Day (1899),  crónica del viaje parisino de Morrow

Dejando de lado el cuento que abre el libro, “La resurrección de la pequeña Wang Tai”, de carácter no menos grotesco pero más bien satírico y bien humorado, el resto de historias que encontramos en sus páginas pueden dejar al más encallecido amante del horror ojiplático y con la mandíbula batiente. Muchos tienen, desde luego, un emotivo toque sentimental propio de la época tardovictoriana, aspecto que seguirá también muy presente en el cine de horror del primer Hollywood, teñido casi siempre de melodrama, pero esto no sólo no es óbice para su disfrute, sino que quizá incluso lo acrecienta, aportando ese aroma de romanticismo absurdo que llega a convertirse en manifestación también psicopatológica de sus extravagantes personajes.

 

En ninguno de los catorce relatos incluidos en el libro aparece elemento fantástico o sobrenatural alguno, como no sea para resultar explicado racionalmente y tomado irónicamente como manifestación de la credulidad supersticiosa del estúpido animal humano. El motivo principal que mueve a los personajes de Morrow es la venganza, móvil esencial del género desde los tiempos de la tragedia isabelina. Así ocurre con el más célebre de sus cuentos: “Su enemigo indomable” (“His Unconquerable Enemy”), incluido con cierta frecuencia en antologías de terror anglosajonas. Una historia de exotismo y crueldad orientales (el orientalismo y el racismo, al menos para nuestros ojos actuales, campan gozosamente por sus respetos en estas páginas) donde se conjugan el sadismo de un rajá que va amputando todos los miembros a su traidor visir hasta convertirlo en un gusano humano que haría las delicias de Tod Browning o Edogawa Rampo, con la venganza que este, pese a su patética situación, será capaz de tramar y llevar a cabo. “Velasco el Traidor” es por el contrario de ambiente netamente californiano, pero el destino que aguarda a un bracero mejicano que traiciona a sus empleadores no será mucho menos cruel, tan doloroso como miles de agujas clavándose en un cuerpo indefenso. “Una venganza original” resulta, precisamente, una de las historias que juega con la supuesta presencia de lo sobrenatural, en este caso una venganza de ultratumba, para presentar finalmente un giro inesperado totalmente materialista y racional, a la manera de los posteriores menace pulps.

 


En ocasiones, la obsesión por estas venganzas, justas o no, toma derivas inesperadas, tan sorprendentes como originales y retorcidas, que no desvelaremos, por supuesto, en cuentos como “El recluso de la mazmorra” (con un toque de denuncia social), “Un juego de honor” (que parece también adelantar la moda más o menos reciente del survival en medio del océano, a merced de tiburones), y sobre todo en la ingeniosa e irónica “Una perspectiva inusual”, que demuestra cómo del asesinato al suicidio hay solo un paso.

 

Los horrores de la cirugía y la ciencia médica también están representados, tanto por el no menos irónico “El estilete permanente”, donde la psicología obsesiva del protagonista le jugará una mala pasada psicosomática; pero sobre todo, en el espectacular y más que apropiadamente titulado “El creador de monstruos”, al que no le falta de nada: científico loco, investigación policial, dama en peligro y un experimento digno del mismísimo Herbert West o de las películas más demenciales de ciencia ficción y horror de los años cincuenta y sesenta. Una pieza totalmente digna de figurar en cualquier menace pulp de Harry Steeger o en un tebeo de la EC.

 

Ilustración de Correll para “Herbert West, Reanimador” de Lovecraft, en Weird Tales (1942), anticipado también por Morrow

Hay ciertos relatos de más difícil clasificación, donde lo psicológico y lo físico se alían a través de obsesiones y manías morbosas en situaciones extremas para provocar finales sorpresa tan peculiares como los de “Sobre una botella de absenta” o “Dos hombres singulares”, este último de ambiente circense y carnavalesco, protagonizado por fenómenos de feria que no estarían tampoco de más en el reparto de La parada de los monstruos, llegando hasta el puro exceso demencial en el divertido “El fiel amuleto”, cuya explosiva conclusión culmina con una lluvia de carne y sangre que es mejor dejar a la imaginación del lector. Tampoco podía faltar, por supuesto, la aventura exótica caníbal, ejemplificada por “Una historia contada por el mar”, que antes que a Jack London nos remite por adelantado a Holocausto caníbal y el mondo antropófago italiano de los ochenta.

 

"Caníbales danzando alrededor del fuego” (1830), ilustración de George Cruishank para Robinson Crusoe

En definitiva, todas y cada una de las macabras piezas que forman El simio, el idiota y los demás podrían servir de base para dramas escénicos a la justa medida del Theatre du Grand Guignol parisino; para películas del Tod Browning más morboso; para aleccionadoras historias narradas por El Guardián de la Cripta o su descendiente directo El Tío Creepy de la Warren; e incluso para guiones de Herschell Gordon Lewis o Ruggero Deodato. Constituyen un delicioso inventario de aberraciones psicológicas en situaciones extremas, donde los principales actores son siempre pasiones humanas desquiciadas y morbosas, injusticias sociales o crueles bromas del destino, que construyen una narrativa angustiosa de suspense sostenido con finales siempre chocantes, prescindiendo de cualquier atisbo sobrenatural o fantástico, para basar su impacto en el horror de la propia condición humana bajo presión, traspasando los límites de la locura.

 

Es claro que Morrow se inspira en el Poe más psicológico, irónico y cruel: el de “Hop Frog”, “El corazón delator”, “El barril de amontillado”, “El hombre en la multitud”, “El gato negro”, “Los crímenes de la calle Morgue” y tantos otros cuentos, además de las aventuras de su Arthur Gordon Pym. Pero, como en el caso de Bierce, London, Harte y especialmente Frank Norris, es más que probable que asumiera también las influencias del Naturalismo francés, con su descarnada descripción de las pasiones humanas, que acaba confluyendo a menudo con el sesgo truculento, morboso y existencialista del Decadentismo. No sería de extrañar que Morrow hubiera leído con provecho a Maupassant, cuya influencia me atrevería a decir es insoslayable, así como quizá también a otros, desde el Romanticismo hasta el Realismo o el Simbolismo, como Champauvert, Gautier, Mérimée, Hugo, Balzac, Flaubert, Zola, Villiers de L´Isle Adam —sus Cuentos crueles (1883), precisamente— Lorrain o Mirbeau, que influyeran poderosamente en el eroguro nipón y en el Modernismo español e hispanoamericano.

 

Esto, unido claramente a la impronta de la filosofía materialista, las teorías y descubrimientos de John Stuart Mill, Darwin, Haeckel o Herbert Spencer, de neurólogos y fisiólogos como Charcot o Richet y criminólogos como Lombroso, nos ayuda a comprender la decisión de Morrow de explorar y explotar los abismos del horror no a través de fantasías sobrenaturales o esotéricas, sino de sus más aberrantes manifestaciones estrictamente humanas, sociales, psicológicas y fisiológicas, suficientes para proporcionarnos un infinito catálogo del mal y la abyección.

 

Portada de The Monster Maker and Other Stories (2000),  antología de Morrow preparada por Joshi y Dziemianowicz

Redescubierto más o menos recientemente por el inefable S. T. Joshi, que editara junto a Stefan Dziemianowicz el volumen The Monster Maker and Other Stories (2000), lo que no deja de ser curioso si se piensa en el desagrado que Joshi parece sentir por los autores de pulp “menores”, como aquellos característicos de los menace y spicy pulps, con quienes mayor parentesco y parecido guarda la obra de Morrow, resulta evidente que estamos ante un autor que es, básicamente, una nota a pie de página dentro de la historia del género de terror moderno.

 

Sin embargo, esta nota al pie no sólo resulta extremadamente divertida, interesante y disfrutable, sino que demuestra la existencia de una corriente materialista, física y psicologista del horror, voluntariamente distanciada y hasta opuesta a la sobrenatural, fantástica y ocultista, que acabaría cristalizando en fenómenos tan determinantes para la historia de la ficción de terror como la aparición del cine gore o splatter (con su correspondiente correlato literario), la de subgéneros como el mondo o el survival, y hasta la del posmoderno body horror.

 

Motivos de sobra para celebrar que El Desvelo Ediciones haya puesto a nuestro alcance El simio, el idiota y los demás, eslabón perdido en la evolución del horror materialista moderno, que cubre en cierto modo el hueco entre Edgar Allan Poe y el Theatre du Grand Guignol pero que sobre todo y ante todo, sigue ofreciendo un delirante sumario del horror humano, indispensable para amantes de lo grotesco, absurdo y tremebundo, solo comparable al muy posterior volumen de relatos de Roberto Arlt, El criador de gorilas (1941), que reúne los cuentos crueles del gran escritor argentino publicados entre 1936 y 1937, de inspiración igualmente grotesca, naturalista y truculenta y donde, para colmo, hay también algún que otro simio haciendo de las suyas. Pero esa, ya es otra historia.

 

https://almuzaralibros.com/fichalibro.php?libro=13051&edi=6

 


Jesús Palacios 😈

 

 

Comentarios