CALLEJÓN INFERNAL - Tres calles y un destino | Jesús Palacios

 

Harlem, 1942. Todd Webb

Libros📚

LA CALLE. Ann Petry. Seix Barral. Barcelona, 2021. 460 págs.

EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS. Naguib Mahfuz. Alcor. Barcelona, 1988. 309 págs.

CRÓNICA DE POBRES AMANTES. Vasco Pratolini. Seix Barral, Barcelona, 1984. 313 págs.

 

Se crea o no en los sincronismos tan caros a Carl Gustav Jung, hay fechas, años o pares de años, en las que, por motivos que quizá podría explicar un análisis mucho más detallado y profundo del que podemos (o queremos) desarrollar aquí, surgen varias obras al mismo tiempo que, procedentes de ámbitos geográficos y culturales bien distintos y distantes, presentan sin embargo sorprendentes paralelismos tanto formales como argumentales. Parecidos razonables tanto de continente como de contenido, que manifiestan de forma contundente la presencia invisible en el zeitgeist de su tiempo de un cambio de sensibilidad sociocultural, pero también estética e intelectual, radical y arrollador.





En el ámbito del cine se me ocurren casos como el del año 1960, en el que vieron la luz títulos como Psicosis (Psycho) de Alfred Hitchcock en Estados Unidos, El fotógrafo del pánico (PeepingTom) de Michael Powell en Inglaterra y Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage) de Georges Franju en Francia, que rompieron con el cine de terror gótico para llevar la figura del monstruo del terreno de lo sobrenatural al de la psicopatología criminal y la perversidad humana, demasiado humana, al tiempo que ampliaban y tensaban el horizonte de lo soportable en cuanto a la expresión gráfica de la violencia en la pantalla.





O el del año 1967, en el que A quemarropa (Point Blank) de John Boorman en Hollywood, El silencio de un hombre (Le samouraï) de Jean-Pierre Melville en Francia y Marcado para matar (Koroshi no rakuin) de Seijun Suzuki en Japón, rompieron a la vez y al tiempo con la tradición del cine negro, reinventando la figura del asesino profesional, deconstruyendo el género con una narrativa abstracta e irónica, auto y meta-referencial, que instauraba un modelo autoral modernista al borde ya de la posmodernidad. Recientemente he “descubierto” otra sorprendente triada, esta vez literaria, que manifiesta, refleja e impulsa al mismo tiempo un cambio sustancial en las formas y manifestaciones culturales de una época, concretándose también, prácticamente, en torno a un mismo año: 1946/1947.




La calle, obra de la escritora afroamericana Ann Petry (1908-1997) publicada recientemente por primera vez en España, todo un clásico del realismo de posguerra estadounidense, no es tan sólo un estupendo ejemplo pionero, junto a la obra de su predecesora Zora Neale Hurston, de literatura americana escrita por mujeres de color, sin el cual figuras como las de Toni Morrison o Alice Walker serían incomprensibles y quizá imposibles, sino también un espléndido caso de novela urbana un paso más allá del naturalismo clásico, con oscuras pinceladas expresionistas, tenso y denso ritmo de thriller fatalista, al borde casi del noir existencialista de un Chester Himes, pero con mirada radicalmente femenina, construido tanto en torno a su personaje central, la joven madre separada Lutie Johnson, acosada por todo y por todos, como a la propia calle que da título al libro y cuerpo, sentido y carga de profundidad a sus páginas.



 

La calle 116 de Harlem, en el Nueva York de mediados de los años 40, donde vive -es casi un decir- Lutie con su hijo de ocho años, en el interior asfixiante y claustrofóbico de un pequeño apartamento, es también y sobre todo protagonista, metáfora y sinécdoque del cruel universo de racismo, desigualdad social, machismo y violencia sistémica que describe Ann Petry sin sentimentalismos, coartadas o fáciles salidas, ya sean trágicas o mágicas. La calle, con sus edificios de apartamentos sobre-explotados, con inquilinos que viven hasta en los pasillos, pisos convertidos en prostíbulos, sótanos oscuros y estrechos callejones llenos de basura, bares y clubes nocturnos, aislada en su propia miseria de ghetto consumido por el odio y la pobreza, constituye una prisión de la que desesperadamente intenta escapar la protagonista, en busca de un Sueño Americano reservado sólo para los blancos de clase media, en cuyas casas de portada de revista ha trabajado como asistenta. Una cárcel con barrotes invisibles, construida de forma consciente y cruel por una sociedad segregada y segregacionista, fundamentada en el racismo, cuya perversa naturaleza todo lo penetra y corrompe, destruyendo las ilusiones y esperanzas de sus prisioneros, condenados de antemano. Racismo omnipresente que permea todos y cada uno de los actos de Lutie y el resto de habitantes de la calle 116 y de Harlem entero, que la protagonista del libro sufre sumado a las humillaciones cotidianas de ser mujer en un entorno especialmente machista y misógino. Esta calle y, sobre todo, el siniestro edificio donde tiene Lutie su apartamento, con sus vecinos y maníaco portero, cumplen una función que va mucho más allá de lo meramente decorativo, para adquirir carácter protagónico a nivel tanto argumental como simbólico.


Ann Petry


La calle de Ann Petry surgió, en gran medida, de la conmoción que su autora sufrió al descubrir la verdadera vida del negro americano en la gran ciudad. Nacida en la bella localidad de Old Saybrook, en Connecticut, en el seno de una familia relativamente acomodada dentro de la pequeñísima comunidad negra de la ciudad, que sumaba apenas quince habitantes, Ann tuvo, por supuesto, que enfrentarse durante su adolescencia y juventud a un cierto número de situaciones humillantes debido a su color, pero nada que pudiera compararse al hacinamiento, la miseria y el racismo como forma de vida que encontraría al trabajar en un programa de clases extracurricular en Harlem, durante los años 40. Estas experiencias, la visión de los niños de la calle, abandonados a su suerte la mayor parte del día mientras sus padres buscaban trabajo inútilmente o debían trabajar fuera del barrio para los blancos, la llevaron a tomar la decisión de escribir La calle, en el convencimiento de que su visión “desde fuera” le permitiría contar la vida en Harlem con mayor objetividad y sentido crítico que sus propios habitantes, demasiado acostumbrados al ghetto y su lógica perversa. Publicada en 1946, al año siguiente La calle había vendido más de un millón de ejemplares y obtenido el prestigioso premio literario Houghton Mifflim, un éxito inédito para una escritora afroamericana, que lanzaría la carrera de Ann Petry como novelista, si bien nunca volvería a conocer un triunfo tan arrollador, abriendo el camino para futuros best-sellers como El color púrpura de Alice Walker o La canción de Salomón de la premio Nobel Toni Morrison.




Prácticamente al mismo tiempo que La calle se convertía en éxito de ventas, crítica y lectores en Estados Unidos, en 1947, aparecía en árabe la novela que consagraría definitivamente a su autor como el gran clásico de la literatura egipcia del siglo XX, Zuqaq al Midaq, del futuro premio Nobel Naguib Mahfuz (1911-2006), conocida en nuestro país como El callejón de los milagros. Más aún si cabe que en el libro de Petry, donde la acción gira en torno al personaje central de Lutie, en el clásico de Mahfuz es el callejón de Midaq, que da título al libro, ubicado en un popular barrio cairota, su verdadero protagonista, al tomar la narrativa un modelo coral, de múltiples personajes, y extenderse algo más en el tiempo, siguiendo el devenir de varios de estos.

 


Midaq es para Mahfuz un microcosmos simbólico, que representa en sus diversos habitantes los conflictos de un país, Egipto, en pleno cambio, atrapado entre sus tradiciones islámicas y la modernidad, que toma forma principalmente en las tentaciones que la cultura occidental pone ante los humildes habitantes de este barrio pobre, divididos por su ambición de prosperar y abandonar las estrecheces del callejón y su amor por el mismo, por la vida sencilla, ordenada y tranquila de la comunidad. Tampoco Mahfuz, cuya obra fue siempre tremendamente conflictiva dentro del mundo árabe, conociendo la constante censura y, finalmente, hasta una fatwa que estuvo a punto de costarle la vida al ya anciano autor en 1994, ofrece respuestas fáciles o salidas tranquilizadoras, ni al lector ni a sus personajes. Las pasiones elementales, los crímenes mezquinos, las envidias, traiciones y fracasos se ven incentivados por la posibilidad de prosperar gracias a la guerra ―la acción se sitúa también a mediados de los años 40, como en la novela de Petry―, el mercado negro y el alistamiento en las fuerzas británicas, que sin embargo se traduce demasiado a menudo en decepción y en un dinero fácil que fácilmente se va también, debido a las tentaciones de una cultura del lujo y el consumo que choca con la ingenuidad, no siempre en el buen sentido del término, y desorientación de una joven generación sin rumbo.   


Naguib Mahfuz

Aunque El callejón de los milagros es, como ya se dijo, una narración coral, poco a poco una de las historias se va convirtiendo en columna vertebral de la acción: la del joven peluquero Abbas, inocente y locamente enamorado de la hermosa y coqueta Hamida, quien se alista en el ejército británico para ganar dinero y hacerse digno de su amada, mientras esta, inquieta, ambiciosa y presa de la sensualidad, se abandona a una relación apasionada con un chulo que acabará por convertirla en prostituta. En claro contraste con la mirada femenina y feminista de Petry, quien sitúa a su inquieta, ambiciosa y menos sensual pero no menos hermosa y consciente de sus encantos Lutie Johnson como heroína y víctima de su siniestra calle, poblada por depredadores sexuales sin escrúpulos, Mahfuz convierte a Hamida en nuevo avatar de la femme fatal, en la estela de la Carmen de Mérimée ―la influencia del realismo y el naturalismo francés en Mahfuz es evidente―, que arrastrará inevitablemente a la tragedia al ingenuo Abbas. Si en La calle el racismo lo inunda todo, entretejido por todos y cada uno de los hilos que conforman el tapiz de la vida y la muerte en Harlem así como de la propia novela, en El callejón de los milagros la religión hace lo propio, y la tensión entre los mandatos coránicos, la observancia de los principios morales, religiosos y sociales islámicos tradicionales, encarnada principalmente en el personaje del piadoso Radwan Husaini, y la facilidad con que estos se ignoran e incumplen, disolviéndose ante las presiones de la vida cotidiana, impregna cada página del libro, manifestando un conflicto existencial que dominará la obra posterior de Mahfuz: la imposibilidad de armonizar las bondades de la religión con sus excesos, la necesidad de reconciliar el espíritu más noble del Corán con las debilidades y miserias humanas, que a veces la propia religión no hace sino aumentar perversamente. De ahí que, pese a ser musulmán hasta el final de sus días, Mahfuz, quien aborda tanto aquí como en el resto de sus novelas temas tabú como la homosexualidad, el adulterio, la drogadicción, la prostitución o el socialismo, fuera prohibido y censurado en la mayoría de países árabes e incluso a veces en el propio Egipto, sobre todo antes de ser galardonado en 1988 con el Nobel, convirtiéndose entonces en orgullo nacional… Y en punto de mira para los extremistas.

 

Museo de Naguib Mahfuz en El Cairo

Otro aspecto literario del callejón de Midaq que difiere de la calle Harlem 116 es la relación del autor con este y sus habitantes. Mientras la escritora afroamericana describe su escenario empleando las luces y, sobre todo, las sombras de un realismo oscuro que roza el fatalismo noir, abundando en una imaginería urbana casi expresionista, que se manifiesta en las pesadillas de la protagonista con recursos propios de la literatura de horror, utilizando a menudo sombríos y angustiosos trazos terroríficos, especialmente en la descripción del edificio y el apartamento donde viven Lutie y su hijo, con sus estrechos pasillos en penumbra, la amenaza subterránea del sótano de calderas al que está a punto de ser arrastrada por el obseso portero o el bajo donde vive la obesa y deforme Mrs. Hedges, madame de un sórdido negocio de prostitución casi a pie de calle, pero también de las populosas avenidas del barrio, jungla de asfalto repleta de amenazas, o de la ambigua atracción de los locales nocturnos, con sus canallescos músicos de jazz y mafiosos propietarios blancos... Es decir, mientras para Ann Petry su calle es, prácticamente, el infierno sobre la Tierra, para Mahfuz su callejón es más bien el purgatorio, y en él conviven lo peor y lo mejor del ser humano. Aunque para algunos de sus personajes, como el violento y alocado Hussain Kirsha o la propia Hamida, representa una prisión, la jaula que cierra el paso a sus sueños de libertad y ambiciones personales, para otros es un cálido refugio, un lugar conocido y seguro, donde echar raíces y vivir en la tranquilidad de una comunidad que se conoce y reconoce entre sí, con todos sus defectos y virtudes. Quizá la diferencia estribe en el hecho de que el propio Mahfuz, de padres humildes, pasó su infancia en un ambiente similar, el del barrio de Gamaleya en la Ciudad Vieja de El Cairo, y siempre conservó su amor por aquellas calles y sus gentes, mientras, como ya vimos, Ann Petry procedía del ambiente relativamente abierto y ciertamente tranquilo de una pequeña ciudad costera en Connecticut y su descubrimiento de Harlem le resultó prácticamente traumático, al ver por primera vez las condiciones reales del negro americano en el ghetto neoyorquino. De hecho, algunos autores afroamericanos reprocharon en su día a la escritora su visión excesivamente pesimista de la vida en Harlem, ignorando la existencia de un enérgico y fértil movimiento cultural que desde los tiempos del Renacimiento de Harlem, en los años 20, había convertido zonas del barrio en verdaderos centros de creatividad artística y activismo político y social.

 

Un Harlem renacido


Para Mahfuz, que había comenzado a publicar una ambiciosa serie de novelas sobre la historia del Egipto antiguo, el éxito de El callejón de los milagros supuso un aliciente para convertirse en cronista de los cambios y avatares sociales, políticos y culturales contemporáneos de su país, que le conduciría a su famosa Trilogía del Cairo, publicada durante los años 50. Aunque siguió cultivando el género histórico e incluso ocasionalmente la novela criminal (era un gran admirador del policíaco occidental) además de participar activamente como guionista en la edad dorada del cine egipcio, fue su penetrante mirada a la realidad de Egipto y el mundo árabe, que trasciende el naturalismo y el mero costumbrismo para, bajo la influencia de algunos de sus autores europeos favoritos, como Flaubert, Dostoyevski o Kafka, cobrar un sentido existencial y universal, la que le condujo a la popularidad allende sus fronteras. Desde el Callejón de los Milagros a la conquista del premio Nobel y la escena literaria internacional.



Mientras, también en el año 1946 (o 1947, según otras fuentes), a muchos kilómetros tanto de El Cairo como de Harlem, el italiano Vasco Pratolini (1913-1991) publicaba su obra maestra: Crónica de pobres amantes. La historia también coral de los habitantes de la vía del Corno, una populosa calle proletaria de Florencia, situada tras el Palazzo Vecchio y la basílica de Santa Croce, donde un reparto mucho más numeroso, variado y pintoresco todavía que el que compone los elencos de La calle o del Callejón de los milagros, vive, ama, muere y en cierto modo renace, en un ciclo aparentemente interminable, inasequible a la desesperación propia de un barrio plagado de pobreza, desigualdades y violencia, encarnando la vitalidad inagotable del pueblo italiano, con todos sus vicios y defectos, pero también con su vigoroso empeño en gozar, amar, luchar y defender sus ideales hasta matar o morir por ellos.

 

Vasco Pratolini
 

Considerada justamente una de las obras clave del Neorrealismo literario italiano de posguerra, Cronica de pobres amantes empezó a gestarse en 1936, pero debido a las condiciones peculiares del momento político, Pratolini, comunista como sus amigos y contemporáneos Elio Vittorini y Cesare Pavese, quien lucharía durante la Segunda Guerra Mundial junto al movimiento partisano antifascista, debió esperar hasta el final del conflicto para terminar y publicar la novela, cuya acción tiene lugar entre los años 1925 y 1926, a la sombra del brutal secuestro y asesinato en 1924 del diputado socialista Giacomo Matteotti a manos de militantes fascistas, siguiendo posiblemente órdenes del propio Mussolini. Con este telón de fondo, la novela, pese a integrar en su trama un claro mensaje antifascista y presentar personajes en conflicto como el noble y bruto herrero Corrado, llamado familiarmente Maciste, militante socialista, o el violento, inestable y cínico Amadori, joven fascista, que acabarán chocando trágicamente durante una negra noche de violencia y asesinato por las calles de Florencia, no cae jamás en el panfleto ni el maniqueísmo, evitando elegantemente el discurso propagandístico o ideológico, para dejar que sea la propia historia (e incluso la Historia, con mayúscula capitular) la que se explique a través de sus complejos y vívidos personajes: los vecinos de vía del Corno. Medio centenar al menos de hombres, mujeres y niños, jóvenes y viejos, honestos criminales y trabajadores mezquinos (también a la inversa), muchachas en flor y viejas matronas, adolescentes enamorados y padres adúlteros… inmersos todos en una danza frenética de pasiones, encarnando en sí valores simbólicos, sin duda, pero también con vida propia y auténtica, dibujados con detalle humano y humanista hasta sus más sutiles matices psicológicos por el pincel de Pratolini, quien crea una galería de tipos inolvidable y convincente.

 

La Florencia de Pratolini


Por supuesto, también aquí es la calle, vía del Corno, la verdadera protagonista absoluta del fresco florentino de Pratolini. Más todavía que en las novelas de Mahfuz y Petry, el escritor italiano, con bastantes más páginas a su disposición, hace verdadero alarde de exquisita prosa descriptiva, sumergiendo al lector en los amaneceres y las noches de su calle, en sus calores atorrantes de verano y su frío invierno, en los ruidos callejeros y las rondas nocturnas de los carabinieri, en las voces y el griterío de verduleros y vendedores ambulantes, en los juegos de los niños y las miradas espías, en la vida toda, tanto latente y secreta como pública y alborotada, de sus variopintos habitantes. Dividida en tres partes, una primera que presenta a su multitudinario reparto con precisión y detallismo, una segunda donde irrumpe el conflicto histórico, violentando el ritmo cotidiano y obligando a sus protagonistas a tomar decisiones a vida o muerte que cambiarán para siempre el rumbo de sus vidas, y una tercera y última donde pese a todos los pesares, a la amenaza y promesa de un futuro cada vez más oscuro, todo vuelve a una cierta normalidad, reiniciándose el ciclo de la vida, siguiendo el ritmo de las estaciones, Crónica de pobres amantes está profundamente impregnada por la tensión histórica de las luchas políticas de su tiempo. Si el racismo es el espectro omnipresente que todo lo emponzoña en La calle y la religión el que inunda cada página de El callejón de los milagros, el auge del fascismo y la violenta represión del socialismo y el comunismo con el advenimiento de Mussolini están a su vez presentes en cada rincón de vía del Corno y en las vidas de sus pobres amantes, aunque no sea necesario que la narración lo haga evidente a cada momento.

 

Benito Mussolini


Por el contrario, Pratolini alcanza alturas magistrales en sus mágicas descripciones del carnaval y las tradicionales fiestas del barrio, introducidas con celo étnico por medio de sofisticadas digresiones que aúnan rigor antropológico con lirismo poético. Las historias de amor particulares, la descripción de los sentimientos encontrados, el detalle psicológico dedicado a cada personaje, ninguno simple o unidimensional, la exquisita gama de grises con la que el escritor pinta sus conflictos tanto históricos e ideológicos como románticos e individuales, sin por ello perder en momento alguno su decidida posición política y moral, honran a Pratolini con las virtudes del gran novelista universal, a la altura de Dickens, Dostoyevski o por citar a otros compatriotas suyos, Manzoni y Lampedusa. Sin duda, de las tres calles que transitan nuestros autores, Harlem 116, Midaq y via del Corno, esta última es la más ambiciosa, grandiosa en la humildad de sus habitantes, infinita en la aparente estrechez de pared a pared entre sus pobres casas y balcones.

 

Placa conmemorativa del nacimiento de Pratolini en Florencia


Tres novelas, tres autores y tres países. Tres ciudades y tres calles que irrumpieron prácticamente el mismo año 1946-47 para descubrir un renovado panorama literario de posguerra, donde el realismo naturalista tradicional había de ser superado, retratando así el pasado y el presente con una nueva sensibilidad, que aunara lo particular a lo universal, lo humano a lo social, trascendiendo sin complejos las barreras artificiales entre géneros. Tres obras muy distintas, sin duda, pero que coinciden en dar a la Calle un papel protagonista, convertida en mucho más que un escenario, en un símbolo, una alegoría y un personaje esencial.


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Pese a sus distancias, sorprenden a menudo los paralelismos que encontramos entre ellas: en La calle de Petry y en Crónica de pobres amantes destacan dos personajes omnipresentes y casi omnipotentes: Mrs. Hedges, la manipuladora y adiposa madame de cuerpo requemado que observa desde su ventana todo lo que ocurre en la calle y trata de arrastrar a la protagonista a la prostitución, y la Señora, antigua madame ya retirada, enferma crónica y convaleciente que utiliza a su criada para espiar a su vez todo lo que pasa en vía del Corno y abduce sexualmente a las muchachas desamparadas del barrio. Las tres están repletas de momentos mágicos, extraños, donde el realismo se traviste de exceso expresionista, lírico y fantástico: la pesadilla de Lutie en La calle, donde se ve perseguida por el portero acosador transformado en grotesco licántropo o su fatídico encuentro final con Boots Smith, el brutal músico de jazz, con el rostro cruzado por una cicatriz; el falso Dr. Bushi, odontólogo ladrón de cadáveres, y su cómplice, el cadavérico Zaita, hacedor de tullidos, a quien acuden los mendigos que desean alguna malformación o mutilación, fingida o real, para aumentar así sus ingresos, reminiscente de la terrible “Madre de los monstruos” de Maupassant, en El callejón de los milagros; la obsesión de la Señora por destruir su pasado, foto a foto, seduciendo incluso a viejos amantes para apropiarse de sus retratos de juventud y romperlos en mil pedazos, como una no menos perversa inversión del Dorian Gray de Wilde, celosa de su antigua belleza o, una vez más, la descripción gozosa, rica en detalles grotescos y erótico-festivos, del carnaval, de la fiesta local de la Anunciación y la Cuaresma, dignas de los lienzos de El Bosco o Breughel en Crónica de pobres amantes… Tres visiones de una jungla urbana con ribetes infernales, que a veces alcanzan tintes dantescos, pero que en el caso de Mahfuz y Pratolini, quienes vivieron en los escenarios reales de sus novelas callejeras, están suavizados por nostálgicos rasgos de cariño hacia sus humildes orígenes. Tres realidades históricas marcadas a fuego por la Segunda Guerra Mundial, sentida y reflejada de forma bien distinta en cada caso: como un conflicto distante e indiferente para una mayoría de afroamericanos, ciudadanos de segunda o tercera clase en su país, que en la novela de Petry intentan evitar a toda costa el alistamiento, sin encontrar motivo alguno para dar su vida luchando contra un nazismo que apenas se distingue del racismo, la explotación y marginación a la que se ven sometidos en sus propios ghettos, a un paso de convertirse en campos de exterminio. Como una ocasión de enriquecimiento, de negocio y emancipación para los jóvenes y no tan jóvenes egipcios de un Cairo bajo el protectorado británico, para quienes alistarse, comerciar con los soldados, nutrir el mercado negro o la prostitución es una oportunidad única y quienes, por tanto, expresan a menudo su insólito deseo de que Hitler alargue el conflicto indefinidamente, para volver decepcionados y empobrecidos a su vida anterior tras la firma del armisticio. Y, finalmente, como un espectro negro en lontananza, anunciando nubes de tormenta todavía lejanas pero inexorables, prefiguradas por los asesinatos, palizas, enfrentamientos y ejecuciones en las calles nocturnas de Florencia y de toda Italia entre fascistas y diezmados sindicalistas, militantes socialistas y comunistas, en Crónica de viejos amantes. Tres calles, múltiples historias… pero una sola Historia.  



 
 

Por supuesto, la Calle como personaje y protagonista ya existía. Había hecho su aparición antes, precisamente, de la Segunda Guerra Mundial en el siempre asombroso e inagotable cine mudo alemán con Die Strasse (1923), es decir: La calle, obra maestra de Karl Grune que instauró una relativamente breve pero exitosa corriente, entre el realismo y el expresionismo, el objetivismo y lo grotesco, de street films o “películas callejeras”, siendo seguida por títulos como Bajo la máscara del placer (Die freudlose Gasse, 1925), basada en novela de Hugo Bettauer y dirigida por Pabst, Tragedia de una prostituta o la tragedia de la calle (Dirnentragödie, 1927) de Bruno Rahn, según obra teatral de Wilhelm Braun, o Asfalto (Asphalt, 1929) de Joe May, películas donde aparecen ya muchos de los tropos, personajes y elementos característicos de este peculiar género o subgénero: prostitución, el mundo del hampa, policías, mujeres fatales, chulos, clubes nocturnos, pordioseros… Prefigurando en más de un aspecto el futuro film noir. Sin embargo, en la literatura internacional, como hemos visto, será durante la inmediata posguerra, en el año clave de 1946/1947, cuando aparezcan estas tres novelas de la Calle, cada una de ellas una obra maestra en sus propios términos, publicadas en lugares tan distintos y distantes como Estados Unidos, Egipto e Italia.

 

 

Las posibilidades de que alguno de nuestros tres autores tuviera noticia de cualquiera de los otros dos son ínfimas, por no decir inexistentes. La calle de Ann Petry, tras su éxito inicial, pasó a convertirse en oscuro clásico del realismo estadounidense y la literatura femenina afroamericana, poco conocido fuera de sus fronteras e incluso en los propios Estados Unidos, donde conoció un primer revival en 1988, volviendo ahora a la actualidad después de que en 2018 apareciera una nueva edición, con el mismo elogioso prólogo de la escritora Tayari Jones incluido en la versión española, primera editada en nuestro país (la única traducción anterior al castellano que conozco es la publicada en 1950 por la editorial argentina Peuser, de Buenos Aires). El callejón de los milagros de Mahfuz no se tradujo al inglés hasta el año 1966. A nuestro idioma no lo sería hasta que su autor recibiera el Nobel en 1988, momento mismo en el que fue publicada por la ya desaparecida editorial Alcor, en su colección de narrativa Las otras culturas, dedicada a obras literarias alejadas del ámbito occidental, procedentes de Asia, África, el Caribe o los Países Árabes (actualmente existen varias ediciones asequibles en bolsillo). Por supuesto, la más internacionalmente conocida de las tres calles es la vía del Corno de Crónica de pobres amantes, que tuvo su primera traducción al inglés dos años después de su aparición, es decir, en 1948… Lo que significa también dos años después de la publicación de La calle de Petry. En resumen: ninguno de ellos, aún queriendo, habría podido leerse mutuamente o siquiera conocer la obra del resto. Y, pese a todo, los tres escritores tuvieron casi al mismo tiempo la necesidad de convertir una calle y a sus vecinos en el vehículo para su visión literaria, en protagonista de sus historias.

 


Puede, eso sí, que conocieran sus ilustres precedentes cinematográficos germanos. Tanto Mahfuz como Pratolini formaron parte activa del renacimiento cinematográfico de sus respectivos países, como guionistas y atentos seguidores del nuevo cine. Pratolini trabajó en los guiones de títulos fundamentales del Neorrealismo italiano como Paisá (1946) de Rossellini, Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, 1960) de Visconti o Los cuatro días de Nápoles (Le quattro giornate de Napoli, 1964) de Nanni Loy. En 1954 Carlo Lizzani rodó una correcta versión de Crónica de los pobres amantes (Cronache di poveri amanti) recibiendo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes, desafiando la censura de su país que prohibió su estreno mundial. Película que, por supuesto, no fue estrenada tampoco comercialmente en España, donde llegaría finalmente a través de la televisión y la edición en vídeo y DVD. La novela de Pratolini inspiraría incluso una ópera: Via del Corno del compositor soviético Kirill Molchanov, estrenada en Moscú en 1960.


La estrella de cine egipcia Shadia como Hamida en  Zouqâq al-Midaqq (1963)


El callejón de los milagros conoció a su vez una relativamente temprana adaptación cinematográfica egipcia, Zouqâq al-Midaqq (1963), firmada por el prolífico Hasan El-Emam, que suavizaba algunos aspectos de la novela, especialmente su trágico final, si bien la versión más conocida es aquella que traslada la acción del libro a México, demostrando así la ductilidad y universalidad del tropo de la Calle como protagonista, en el filme El callejón de los milagros (1995) de Jorge Fons, donde una joven y sensual Salma Hayek se daría a conocer internacionalmente con su encarnación (muy bien encarnada) del personaje de Hamida, irónicamente rebautizado como Alma. No es improbable que tanto Pratolini como Mahfuz, ambos cinéfilos, conocieran Die Strasse y el resto de películas alemanas “de calle”. Más dudoso es que fuera así en el caso de Ann Petry, si bien siendo una mujer culta y educada, que trabajó como periodista en Nueva York, estudiando escritura creativa en la Universidad de Columbia, de 1944 a 1946, tampoco es totalmente imposible que hubiera llegado a verlas o saber de ellas.

 

Salma Hayek en El callejón de los milagros (1995)

 

En cualquier caso, 1946/47 fue el año en el que la Calle se convirtió en protagonista literaria. Finalicemos ya este paseo por los infiernos urbanos de posguerra con una curiosa nota a pie de página: en 1946 se estrenó también la película del dramaturgo, escritor y cineasta español Edgar Neville El crimen de la calle Bordadores, con guion del propio realizador, inspirada en el entonces famoso crimen de la calle Fuencarral. Aunque se trata en buena parte de un drama judicial, la propia calle posee importancia fundamental, con todos los tipos costumbristas madrileños que la habitan y no dejan de corresponderse, en buena medida, con los mismos arquetipos que, más allá de nacionalidades, colores y épocas, se repiten siempre en el género. Por cierto, que la última película escrita y dirigida por Neville en 1960, bajo la influencia del Neorrealismo italiano, sería… Mi calle.

 


 Jesus Palacios 😈

 

 

 

 

 



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