La maldición del hombre lobo (The Curse of the Werewolf, 1961) | Jesús Palacios


Se acerca el invierno y con él, la época de los lobos... Al menos para las que somos viejas abuelitas esperando a su Caperucita con la merienda. ¿Y qué mejor manera de esperarla que leyendo y viendo añejas películas de licántropos? Comencemos por la literatura, que fue siempre lo primero. El hombre lobo de París (1933) de Guy Endore, sonoro y afrancesado seudónimo del guionista de Hollywood, escritor y activista social Samuel Goldstein, es, sin duda, "la" novela del licántropo, pese a todos los antecedentes que puedan citarse ―de Marryat a Dumas― y las muchas contribuciones posteriores. Con ella, Endore, proporcionó al hombre-lobo su perfecto espejo literario, como hicieran Stoker con el vampiro, Mary Shelley con el hombre artificial o Stevenson con el doble perverso, y lo hizo, precisamente, evocando de forma consciente y voluntaria los modos y modelos de la novela gótica, el folletín y la luz de gas, desde la narración apócrifa basada en un documento "auténtico" ―que se inspira, por otro lado, en un historia real incluida por Sabine Baring-Gould en su clásico estudio El libro de los hombres lobo (Valdemar)― hasta la ambientación histórica, situando su acción en el París sitiado de 1870 y la subsiguiente Comuna, que proporcionan así a su trama de maldición ancestral, romance sangriento, persecución y tragedia no sólo un sólido marco histórico referencial, sino también una sofisticada función metafórica como co-relato de la barbarie humana y el fanatismo que, teniendo en cuenta la fecha de publicación original de la novela ―el mismo año del ascenso de Hitler al poder― le otorgan un auténtico poder visionario. Inspirándose en modelos como Dumas, Hugo, Sade o Maupassant, El hombre lobo de París está más cerca del folletín social que del terror sobrenatural, pero no por ello carece de momentos fantásticos sobrecogedores, así como de un muy sano humor negro, parejo también a su erotismo perverso y decadente, que le aproxima al estilo post-gótico, neo-romántico y simbolista de Hanns Heinz Ewers ―de quien Endore tradujera Mandrágora (Valdemar)― e incluso del Fantazius Mallard (1922) de su colega guionista judío, izquierdista y decadente Ben Hecht. Toda una joya con un pie en la literatura clásica del XIX, otro en la modernidad de los años 30 ―con su ambiguo, escéptico y sugestivo tratamiento de lo sobrenatural― y un tercero en la pura pulp fiction, que merece sobradamente todas las alabanzas que aficionados de la talla de Robert Bloch, Brian Stableford o Anthony Boucher le dedicaran. Publicado en nuestro país en una excelente edición y traducción ―a la que sólo cabe reprochar el empleo de la palabra "incierto" de forma ciertamente errónea en una única ocasión― por Ediciones Jaguar, pasó casi totalmente desapercibido y está necesitado de urgente reedición (Valdemar... ¿Hay alguien ahí?). Endore fue víctima de la Lista Negra de Hollywdood por su pertenencia al Partido Comunista americano, pero alejado del cine siguió escribiendo novelas de misterio y biografías de personajes como Voltaire, Hugo o Sade.



Ahora, la película. Pese a que Guy Endore trabajó en la Meca del Cine y, para más inri, en los mismos Universal Studios que convirtieron al hombre lobo en mito del terror a la par que al vampiro, la momia o la Criatura de Frankenstein, su novela no fue adaptada a la pantalla, quizá porque su escenario histórico era más propio de una superproducción que de un film de terror, o porque sus matices de erotismo sádico, psicología perversa y pesimismo social eran demasiado para el Hollywood del Código Hays (si bien eso nunca impidió a ningún estudio destrozar cualquier novela compleja y adulta que cayera en sus manos). El hecho es que la única adaptación reconocida de El hombre lobo de París es también el único film de licántropos realizado por la británica Hammer, La maldición del hombre lobo (The Curse of the Werewolf, 1961), aprovechando que el personaje venía con el "paquete" gótico comprado a la Universal. Por desgracia, la Casa del Terror decidió aprovechar también los decorados de estilo español destinados a una película sobre la Inquisición que nunca se llegó a realizar ―ante las amenazas de boicot de la Liga Católica para la Decencia― y trasladó su acción de la Francia comunera a la España cañí, perdiendo así gran parte de su fuerza primigenia. La buena noticia es que, pese a ello, la primera parte del film dirigido por Terence Fisher es más fiel a la novela de lo que se suele reconocer, recogiendo de hecho muchas de las ideas del libro e incluso bastantes detalles argumentales. Por otro lado, aunque se evita la ambigüedad del original y se opta por un personaje víctima sin paliativos de una maldición sobrenatural, el guión de John Elder (seudónimo de Anthony Hinds) conserva la simpatía de Endore no sólo por su personaje, sino por las clases humildes y explotadas, abundando en la descripción de una nobleza mezquina, abusiva y brutal ―muy del gusto de la Hammer―, así como en un erotismo subterráneo de connotaciones igualmente sádicas y freudianas. Para colmo de bondades, aparte de un color exótico y brillante y de una bellísima y sensual Yvonne Romain, el personaje de licántropo atormentado y maldito corrió a cargo del joven, viril y atractivo Oliver Reed, que da más miedo antes de transformarse que después, y quien debutó aquí como actor protagonista, cargando con todo el peso erótico, dramático y feroz de la historia, convirtiéndose en un hombre lobo mucho más eficaz y memorable que Lon Chaney Jr. o Henry Hull (por no hablar de su asombroso parecido con Javier Bardem... Si Javier Bardem fuera guapo y buen actor).


En definitiva, aunque la segunda mitad de La maldición del hombre lobo gira hacia el gótico más tradicional, con su clímax de caza al monstruo perseguido por los inevitables pueblerinos con sus inevitables antorchas, se trata de una excelente Hammer, que se inspira con cierto respeto en la novela de Endore y posee momentos realmente poéticos y brutales ―muchos de ellos cercenados en su día por la censura― que la convierten en un pequeño gran clásico licantrópico, ideal para las frías noches invernales que nos esperan... ¡Aaaauuuuuuuuuuu! 😈



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