TINDERTOPÍA | Jesús Palacios


Libros 💭

#pensamiento #actualidad #redessociales

LA CONQUISTA DE TINDER. Jimina Sabadú. Turner. Madrid, 2022. 175 págs.

 

Cada segundo que pasa de este siglo XXI y nuevo milenio milenarista que vivimos, más mineral y prehistórico me siento. Cada minuto que transcurre en este nuevo mundo tan interconectado e interactivo, más desconectado y apasionadamente pasivo me noto. De no ser por libros como este pequeño pero incisivo ensayo de Jimina Sabadú, es muy posible que ni siquiera me hubiera enterado de la existencia de esa cosa llamada Tinder… En fin, no exageremos. Hasta yo tengo amigos que han pasado por Tinder (cuyas experiencias, por cierto, confirman las más ácidas críticas que se abren paso en las páginas de este libro).

 

Por otro lado, no miento si digo que jamás hubiera supuesto que ese mundo paralelo de relaciones erótico-sentimentales y emotivo-sexuales que ha canalizado, instrumentalizado, virtualizado y explotado Tinder (a la cabeza de otras redes sociales similares o parecidas), tiene tanto peso e importancia en la sociedad actual. En el típico gesto inconsciente del engreído solitario que piensa que hay más gente que piensa como piensa él mismo de la que puede haber en realidad, tenía para mí que algo tan evidentemente imposible, en términos generales, como encontrar el amor verdadero —e incluso un simple buen polvo— a través de una red social de Internet no podía atraer a demasiada gente, ni durar mucho o influir especialmente en las relaciones humanas reales. Pero claro, eso es porque no había reflexionado suficientemente en que las relaciones humanas “reales” ahora son, precisamente, esas: las virtuales. Algo que un mundo post-pandemia de máscaras, pedidos online, teletrabajo y vídeo-llamadas ha venido a rubricar de forma mortíferamente eficaz. Pido perdón por haber vivido en la higuera tanto tiempo. Y es que si me pasé el siglo XX presumiendo ser un poco del XIX, en el XXI resulta que soy no un poco, sino totalmente del XX.

 


Quizá por ello, la lectura de La conquista de Tinder, que como siempre en el caso de su autora es gozosamente rápida y entretenida, me ha resultado un poco o un mucho como leer ciencia ficción. Distópica, por supuesto. Aunque sé que los hechos, datos e historias, a veces personales, a veces periodísticos e históricos, que circulan por sus páginas son tan contemporáneos como auténticos y característicos del mundo actual, me he sentido al terminarlo como el viajero o el náufrago de alguna antigua crónica que atraviesa una isla, una ciudad o un territorio extraños, habitados por seres aparentemente similares a él, pero con costumbres, usos y tradiciones propias bien distintas y alejadas de las suyas, totalmente alienígenas y bastante alienantes.

 

Ilustración de Grandville para Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift


Los habitantes de Tindertopía, a mis ojos de primitivo ciudadano de la segunda mitad del siglo XX, habitan un mundo muy diferente al mío. Deambulan por un espacio virtual consensuado de novela ciberpunk de William Gibson, pero en lugar de andar liados en juegos de poder político, conspiraciones criminales, espionaje científico e industrial, en pos de la inmortalidad y la dominación mundial, cuando no interplanetaria, residen en un nivel muy distinto del mismo universo digital: el de los nuevos hábitos y modelos de comportamiento erótico y emocional, derivados de esta virtualidad global y globalizada. Recordando aquellos simpáticos libros de Carmen Martín Gaite titulados Usos amorosos del dieciocho en España y Usos amorosos de la postguerra española, el libro de Jimina bien podría haberse titulado o subtitulado Usos amorosos del siglo XXI en España, porque al fin y a la postre, eso es lo que parece constituir Tindertopía: el principal uso amoroso para los españoles del nuevo siglo y milenio. Unos usos, para mí casi tan extraños como los que pudieran caracterizar la cultura de los Houyhnhnm de Jonathan Swift o de los selenitas de H. G. Wells.

 


Mi recorrido por La conquista de Tinder ha sido el de un paleto en la ciudad, que con cara de circunstancias a lo Paco Martínez Soria, va asistiendo embobado a cómo los sofisticados urbanitas de Tindertopía se engañan, mienten, estafan y burlan unos de otros, abusando de los débiles y construyendo una hipócrita farsa sexual de tamaño colosal, mientras que a su vez son engañados, estafados y burlados por el propio gobierno o estado totalitario tindertópico, que les utiliza para sus propios intereses, creando mitos y ritos tan falaces como los de cualquier sacerdocio de antaño o Mago de Oz vende pociones que se precie de tal. De ahí los falsos perfiles, las estadísticas trucadas, las fábulas acerca de aquellos míticos ciudadanos y, por supuesto, ciudadanas de este mágico paraíso sexual que, según cuentan las leyendas, han encontrado su media naranja y la felicidad o, mejor todavía, se han hartado de follar gracias a Tinder. Por no hablar del mágico lenguaje del lugar, esos “algoritmos” esotéricos, que ahora están en boca de todos como si todos fuéramos también expertos matemáticos o cibernéticos de pro, guarismos infalibles y tan fiables, cuanto menos, como HAL 9000 o Nexus 6.



Tras la lectura de La conquista de Tinder, es decir, tras haber atravesado ese territorio distópico y futurista para mí, que, en realidad, es ya casi más pasado que presente, mi profunda aversión innata a las redes sociales se ha visto confirmada y reafirmada, por más que la sepa propia de un atrasado nativo de aquellas oscuras eras en las que se ligaba en bares, discotecas y fiestas o, en realidad, al menos en mi caso, en presentaciones de libros, festivales de cine y exposiciones (es decir: en el viejo y sobado “lugar de trabajo”, que sigue siendo a día de hoy donde se fraguan, pese al terror al acoso sexual, la mayor parte de parejas y relaciones sentimentales). Si la conspiración tecno-científico-económica actual, en la que —nos guste o no— participamos también quienes contra ella nos manifestamos, nos obliga por activa y por pasiva a contribuir, por poco que sea, al contubernio de Internet y su sustitución del territorio (que se quedan “ellos”) por el mapa (ese sí, para nosotros), al menos, La conquista de Tinder, leída y vivida como novela distópica de historia e histeria alternativa, relato de mundo paralelo (y para lelos, lelas y leles), me ha funcionado perfectamente como cautionary tale para seguir manteniéndome bien alejado del mismo. Rescatado por algún barco, máquina del tiempo o navío espacial, abandono Tindertopía volviendo sano y salvo, pero más sabio, a mi prehistórico mundo de tirar los tejos cara a cara, meterse mano en el cine (los cines de antaño, claro), robar un beso en los baños de la disco… Y arriesgarse honestamente a llevarte un bofetón, o a digerir las amables palabras que una muchacha me dedicara hace muchos, muchos años, tras una noche entregado a seducirla con halagos, invitaciones y arrumacos: “Quita, quita, que no se hizo la miel para el hocico del burro”. Así, así es cómo aprendíamos a ligar antes de Tinder.

 

Fotografía de Bill Bernstein (entre 1977-1979)


En definitiva, aparte de disfrutar con el estilo siempre ágil e irónico de su autora, que combina perfectamente lo personal con lo informativo, lo informal con lo objetivo y que sin perder de vista el factor humano no por ello se muestra menos crítica con la realidad consumista, hipócrita, económica y (a)moral que maneja la barca de Tinder, lo que he aprendido de este viaje entre los tinderianos es que las redes sociales eróticas (en el sentido amplio del término erótico), además de ser mucho más redes que sociales, son, quizá como todas, un amplificador estéreo cuando no cuadrafónico de los peores, más rastreros y desagradables vicios, defectos, lacras e hipocresías de la especie humana, y que si en la guerra eterna de los sexos (y el género sexual en cuestión es indiferente: la batalla es de todos contra todos, todas y todes) está todo permitido, abundando siempre lo peor, cuando esta se desarrolla en Tindertopía, amparada por la invisibilidad y anonimato de sus habitantes, el maquiavelismo de sus gobernantes y su materialista naturaleza inmaterial, esta alcanza grados de cinismo, abuso, acoso, falsedad, estupidez y narcisismo inéditos en la historia de la humanidad. He aquí, pues, otro gran logro del nuevo mundo virtual. ¡Cuánto más honesto es el onanista reino de la pornografía!... Que a tantos indigna mientras cuelgan fotos falsas en sus perfiles de Tinder, mienten en su edad o inventan aficiones inexistentes (“la buena música”), a fin de conseguir una cita con alguien que, con toda probabilidad, está a su vez haciendo exactamente lo mismo.

 

Nos hemos acostumbrado a pensar que no existen tecnologías buenas ni malas, sino que es el uso que el ser humano hace de ellas lo que las convierte en algo positivo o negativo, en factor de progreso o elemento destructivo. La división del átomo da por resultado la misma radiación que cura el cáncer o que destruye Hiroshima y Nagasaki; el motor de explosión impulsa igual un autobús que un tanque… Pero hacen falta muchas aspirinas o antibióticos para quitar la vida a alguien, con algo que, habitualmente, calma el dolor, combatiendo la infección y la enfermedad. Sin embargo, un sólo disparo en la cabeza basta para matar.



Tras atravesar Tindertopía y tratar a sus habitantes, intuir a sus gobernantes y descubrir su forma de vida, pienso que quizás existan tecnologías intrínsecamente perversas, cuya tendencia inherente es inclinarse hacia el mal por sí mismas o bien alimentar la maldad de nuestra propia naturaleza, mucho más y mejor que cualquier otro instinto altruista o positivo. En fin, algún día llegará una verdadera lluvia que limpiará las calles virtuales de Tinder de la escoria que deambula digitalmente por ellas… O no. A mí, sinceramente, me basta con haberlas conocido gracias a La conquista de Tinder y no en persona.


Jesús Palacios 😈


 

 

 

 

Comentarios

  1. Si los algoritmos y códigos de programación del mundo virtual solo imitan al mundo real... entonces, estamos en problemas!!! Muchas gracias por este interesante atisbo!

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